Miércoles 21st febrero 2018,

Felicidad

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El valor de la risa

posted by Vicente
El valor de la risa

Por Enrique C.

      

     ¿Sabía que a mediados del pasado siglo se reía una media de dieciocho minutos diarios? Eso podría ser casi un chiste. La tragedia es que ahora nos reímos menos de cinco minutos al día, es decir, casi una cuarta parte. Y eso que en aquel tiempo no eran mucho más divertidos que los que nos toca vivir actualmente. La pregunta que me hago es si no estaremos perdiendo el sentido del humor.

     Por encima de todo, la risa es nuestra forma de comportamiento más genuina, y un medio de comunicación exclusivo de los seres humanos: reímos con nuestros amigos y nos reímos de nuestros enemigos; transformamos en chistes nuestros deseos y temores (“El humor es la gentileza de la desesperación”, decía Bretón); sonreímos a un desconocido para manifestar nuestra voluntad de acercamiento. A pesar de ser tan cotidiana, tan vulgar, la ris es una de las cosas más íntimas del individuo. Pocas preguntas nos llegan tan hondo como un “¿De qué te ríes?” formulada por nuestro interlocutor. Desde Aristóteles has Umberto Eco, los grandes pensadores han considerado la risa como el rasgo que más nos diferencia de los animales.

     Cada persona se ríe de forma distinta. No es igual la risa retórica de El Murciélago de Strauss, que la risa melancólica de El Barbero de Sevilla, de Rossini. A veces hasta se llora de risa. Desde 1.808, también se puede provocar la risa artificialmente: el subóxido de nitrógeno, o gas de la risa, fue utilizado como un pasatiempo hasta que, en 1.884, los médicos reconocieron su importancia como anestésico en las operaciones quirúrgicas.

     Nadie puede explicar por qué no todo el mundo se ríe de lo mismo y por qué algo nos parece digno de risa en un momento dado, y puede provocar nuestra indiferencia en cualquier otra ocasión. La risa nos engancha con más fuerza que las demás manifestaciones anímicas. Es contagiosa. Y actúa como reconfortante masaje de los órganos internos.

     Cuando soltamos una carcajada, las pupilas se dilatan, los ojos brillan, la presión sanguínea y la frecuencia cardíaca caen por debajo de los niveles normales. Pero además, la risa libera. “Estudiar la risa –afirma un psiquiatra- es comenzar a entender algo de la Humanidad y de su lucha por la libertad y la felicidad. “Las mayores catástrofes inspiran el humor negro, que actúa como antídoto contra el horror. La risa que aquél provoca nos defiende de lo desagradable y ahuyenta el miedo y la mala conciencia. En todo chiste subyace una agresión camuflada que adopta formas aparentemente sociales e incluso inocentes: sirve para eliminar el sentimiento de culpabilidad. Los chistes se parecen a los sueños. En ambos se consuma el cumplimiento simbólico de los deseos. Cuando el individuo está despierto, la agresión se libera en forma de chiste y carcajada; mientras duerme, adopta la simbología de los sueños. Y eso que durante el sueño también reímos.

     Cuando un niño se cae al suelo, su reacción puede ser reír o llorar. Siempre que el niño consiga no sentirse víctima real de la caída y la contemple desde el punto de vista del observador, su reacción será positiva y se producirá la risa. Distanciarse de la situación es la base general de la risa. Sigmund Freud reconocía que la risa no es más “un ahorro de sentimientos”. Con ella nos armamos contra el miedo, la compasión o la tristeza. Cuando alguien resbala en una cáscara de plátano, nuestra primera reacción será la de reírnos; pero sólo si observamos la caída desde una cierta distancia. En el momento en que nos pusiéramos en el lugar del sujeto, ya no seríamos capaces de mantener la carcajada.

     En su obra Philebus, Platón decía, cuatrocientos años antes de Cristo, que la compasión y la risa se excluyen mutuamente. Para el filósofo griega la risa era maligna porque siempre surgía a costa de los demás. Las tesis de Platón y de Freud son universales. Es París o en Bangkok, las caídas tienen su cuota de carcajadas.

     En opinión de Kant (1724-1804), también nos reímos cuando la expectativa que domina en nosotros acaba resolviéndose en nada, cuando no se resuelve.

     ¿Qué pretendemos expresar con la risa? ¿Dónde se encuentra su orígen? Para Desmond Morris, la primera carcajada del individuo surge de un sentimiento contradictorio: no se da en toda regla hasta el cuarto més de vida, cuando el bebé empieza a reconocer a su madre como algo especial. El pequeño atraviesa entonces por un conflicto muy delimitado. Todo lo que haga la madre afectará al bebé con una doble impresión. Rudimentariamente, el niño piensa: “Me da miedo lo que hace esta mujer conmigo, pero como parece que es mi protectora, no puede sucederme nada malo”.

     Por una parte, el niño quisiera llorar de miedo, pero por otra, intuye que la situación no es peligrosa. El resultado final será una carcajada; una reacción compuesta, a la vez, por un murmullo de satisfacción y un gritito temeroso. La brecha entre la risa y el llanto se va ensanchando a medida que crecemos. Morris asegura, sin embargo, que la relación latente entre ambos aún persiste: “Es precisamente esta relación la que nos pone las abases de los distintos tipos de humor”. Lo que para unos resulta extraño, chocante o anormal, deja a otros impasibles.

     La risa expresa en definitiva que nos hemos cruzados con un peligro pero que, felizmente, hemos escapado de él. Parece obvio pues, que la primera carcajada de la Humanidad fuera un grito de triunfo por la derrota del enemigo. Todavía hoy, cierta risa refleja un sentimiento de superioridad, al tiempo que refuerza la propia seguridad en uno mismo. La risa se recubre, según esta interpretación, con el carácter de un ancestral gesto de amenaza. Así lo reconocía en 1.640 el filósofo inglés Thomas Hobbes: “Los aspectos más significativos del acto de reír –cabeza alta, dientes contraídos y expresiones guturales- son los mismos síntomas que manifiesta el animal furioso”.

     Según Hobbes, “reímos en lugar de comernos al que tenemos delante”. Al mismo tiempo, la risa denota que estamos tranquilos. Este reflejo pacífico se ha enraizado a lo largo de la evolución de la especie humana y hoy se entiende como signo de la disposición a cooperar. Sin embargo, la risa como sentimiento ambiguo permanece vivo en nosotros: reímos por timidez o confusión cuando nos sorprenden emociones contradictorias. Reírnos de alguien equivale a manifestar nuestra superioridad sobre él.

     La risa expresa una respuesta a una situación que no ha sido contestada. Reímos cuando fracasan los demás instrumentos que tenemos (gestos, lenguaje, negociación, caricias…) para enfrentarnos a una situación. La risa da por hecho que hemos perdido nuestra hegemonía. Pero no significa que hayamos capitulado; porque, al reírnos dotamos a nuestra momentánea derrota de un valor expresivo. La risa manifiesta nuestra capacidad de respuesta cuando en realidad ya no hay nada que responder. La risa es, por así decirlo, la última carta de que disponemos. Y cuando nos la jugamos, esa misma pérdida se convierte en nuestra victoria.

     La risa se desarrolla de un modo coercitivo. No podemos hacer nada por evitarla. Simplemente caemos en ella. Sin previo aviso. El curso normal de las cosas se interrumpe, la respiración se hace caótica. “Echamos el aire con más fuerza que lo aspiramos –explica el doctor William Fry, direwctor del Instituto de Gelotología de San Francisco (EEUU) y principal autoridad mundial en la materia-. Y cuanto más tiempo reímos, disponemos de menos aire en los pulmones”. Esa es la razón por la que después de un ataque fuerte de risa necesitamos al menos un par de segundos para recobrarnos y respirar normalmente.

     El corazón también sufre lo suyo. Cuando soltamos una carcajada , sus pulsaciones suben hasta 120 por minuto (el ritmo normal es setenta). La presión sanguínea se eleva igualmente. Después de la risa, ambos valores descienden por debajo de lo normal. Los médicos creen que se trata de un buen ejercicio para personas con tensión alta. No obstante, las carcajadas demasiado fuertes son contraproducentes para un corazón enfermo.

     Según descubrimientos del doctor Fry, cuando el individuo ríe, su hipotálamo segrega una sustancia llamada beta-endorfina. Esta enzima de la risa, igual que un opio fabricado por el organismo, alivia tensiones, esfuerzos, dolores de cabeza y depresiones. Por otra parte, la risa estimula las glándulas que influyen sobre la digestión: cuando estamos de buén humor, el estómago trabaja con más intensidad, aprovecha mejor los alimentos y nos hace engordar. De ahí lo de la curva de la felicidad. Gracias a este médico, el dicho popular “la risa engorda” tiene una base científica.

     Tras un ataque de risa, uno se siente completamente libre de cualquier tensión muscular. Los investigadores norteamericanos Paskin y Moody han estudiado el fenómeno. El tono de la musculatura –su tensión- disminuye gracias a la risa. Por eso resulta tan difícil agarrar un objeto mientras reímos. La sensación de debilidad y flacidez que acompaña a la risa resulta muy saludable, ya que las tensiones musculares deterioran la circulación y favorecen la aparición del reuma.

     No obstante, existen quince músculos de la cara que no se relajan al reír. El doctor Kirkland, neozelandés, asegura que las arrugas con que la risa surca nuestro rostro son un “signo de confianza que revela la edad y la madurez de la persona”. El músculo de la risa, cuyas fibras alcanzan el ángulo de la boca y la piel de los carrillos, trabaja endureciéndose.

     El diafragma, ese gran músculo perpendicularmente tensado entre las cavidades pectoral y abdominal, actúa, cuando reímos, como un ascensor que sube y baja al ritmo de la respiración. Hace vibrar nuestros órganos internos, lo que provoca una especie de masaja altamente beneficioso para el organismo. Las contracciones que provoca en la cavidad torácica son las responsables de esa sensación que se transmite al vientre y hacen que parezca que va a estallar cuando las carcajadas son demasiado fuertes. Es también en ese momento cuando nos encorvamos para aliviar la tirantez. En el hombre, la nuez se estrecha y alarga al reír. En la mujer, se hace más ancha y corta. Tal vez sea ésta la única diferencia entre ambos sexos a la hora de reír.

     El centro emisor de esta excitación sensorial -eso es la risa, en definitiva- se encuentra en el hemisferio cerebral derecho. Dickens describió de forma magistral la fuerza que de ahí emana: su personaje Jack el marinero era sordomudo hasta el día que fue al circo. Allí le impresionaron tanto las gracias del payaso Grimaldi que comenzó a reír con tal fuerza que recobró habla y oído.  

     Contamos con otro ejemplo más reciente. Se trata de la curación, hace algunas décadas, del periodista norteamericano Norman Cousins. En 1.974 cayó enfermo de un mal que le paralizaba el cuerpo. Como única solución posible se le prescribió la medicina del humor. Día tras día, desde su lecho del hospital, veía todas las películas de los hermanos Marx. Al cabo de poco tiempo se comprobó que su estado mejoraba de tanto reír. Una vez restablecido completamente, el periodista describió su proceso de curación. Su libro se convirtió en un best-seller. Ahora, todos los médicos lo saben pero muy pocos son capaces de explicárselo: una persona alegre y optimista tiene muchas más posibilidades de recuperarse que un enfermo depresivo. Las nuevas terapias tratan de liberar a los niños autistas de su aislamiento a base de crearles situaciones graciosas. El éxito que obtienen es considerable.

     En la actualidad se siguen desconociendo las causas por las que el individuo se ríe. Ya en el siglo XVII, el filósofo Blaise Pascal se asombraba de que la contemplación de los rostros de un par de mellizos provocara la risa del observador, mientras que si éste los veía por separado se quedada imperturbable. Desde entonces, no ha podido aclararse mucho más al respecto. Sólo podemos aportar un dato estadístico al fenómeno: seis de cada diez personas se ríen a la vista de un par de mellizos. ¿Por qué? Sigue siendo un misterio.

     Del mismo modo que la risa expresa nuestra alegría, también puede ser su causa y origen. Hace sólo un par de meses, un equipo de científicos norteamericanos ha hecho sorprendentes descubrimientos sobre el valor insospechado de las expresiones faciales: el movimiento de los músculos de la cara, propio de las expresiones características de alegría puede producir sobre el sistema nervios los efectos que normalmente acompañan a esta emoción. La vieja recomendación de reírse de los propios problemas como primer paso para afrontarlos recibe así el apoyo científico del equipo del doctor Ekman, de la Universidad de California. La risa ya no únicamente el efecto de la alegría, sino que también puede convertirse en su causa. La explicación de este misterio se debe hallar en algún lugar del cerebro, en un resquicio indefinible entre el cuerpo y el espíritu. Reímos porque somos personas y porque con la risa mostramos nuestra condición humana.

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