Sábado 07th diciembre 2019,

Descubrir las pitiusas

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La ruta de los faros

posted by Vicente
La ruta de los faros

Por D. W.

     Este es un recorrido que se inicia en el puerto de la Savina, en Formentera, y nos lleva a los dos faros de la isla, el de la Mola y el del cabo de Barbaria, ambos colgados en sendos precipicios. La ruta se convierte así en la visita a dos de los paisajes más imponentes de Formentera.

     Ahora que las nuevas tecnologías cuestionan el papel y el futuro de los faros es el momento de disfrutar de la figura -siempre imponente y evocadora- de estas instalaciones tan integradas en la percepción del paisaje marino, que acompañan al visitante al borde del acantilado.

Algunos datos históricos

     Garantizar la seguridad marítima fue uno de los grandes objetivos de los gobiernos españoles de mediados de siglo XIX. Se puso en marcha una serie de planes con un doble objetivo: facilitar la navegación marítima en tránsito y hacer más segura la llegada de los barcos a los puertos isleños, también en importante proceso de modernización.

     Fruto de este impulso fue el proyecto del Faro de la Mola, de 1859, y obra del ingeniero Emili Pou Bonet (Palma, 1830-1888). Este faro fue construido en 1861, y su nombre oficial es «Faro de Formentera», lo que es prueba fehaciente de su importancia para la navegación por el Mediterráneo occidental.

     Las carencias en la señalización marítima detectadas tras la entrada en servicio de los faros y resto de señales marítimas construidas según los proyectos de mediados del siglo XIX, provocaron una serie de proyectos posteriores, algunos ejecutados en los años inmediatos y otros que tardaron casi un siglo en hacerse realidad. Éste es el caso del faro del cabo de Barbaria, proyectado en 1924, y que no fue construido 1971.      Hay que tener en cuenta que los faros de Formentera fueron -antes de la proliferación de sistemas de navegación electrónicos- primordiales para guiar la navegación en las rutas por el Mediterráneo.

Faro de la Mola

     S.M. La Reina (q.D.g.) se ha servido disponer que el día 30 de del mes de Noviembre próximo se ilumine ese faro.En su virtud y sin esperar nuevas órdenes el expresado día y a la hora marcada por el Reglamento encenderá V. el mismo, continuando así en lo sucesivo. El ingeniero Jefe. Emilio Pou. Al Torrero Principal del Faro de Formentera.

     Esta orden real, transmitida por el ingeniero Emili Pou, se sigue cumpliendo. Cada día, a la hora establecida, los aparatos lumínicos sucesivos se han encendido, con algunas excepciones puntuales provocadas por dos conflictos bélicos: el de Filipinas y el que siguió al golpe de Estado protagonizado por el general Franco. En mayo de 1898, los fareros de la Mola recibieron la orden de vigilar permanentemente el paso de barcos e informar inmediatamente cuando vieran un buque de guerra; el 19 de julio de aquel año se les ordenó apagar el faro, situación que se prolongó unas semanas. España estaba en guerra con Estados Unidos.

     Llegar al faro de la Mola por tierra es especialmente fácil. Basta seguir la carretera principal que va de punta a punta de la isla, del puerto de la Savina al faro de la Mola. Esta carretera es la espina dorsal del territorio, y permite una cata bastante consistente de su geografía. Desde el puerto, y en dirección a la Mola, primero se deja a la derecha el estanque des Peix. Inmediatamente, a la izquierda, está el desvío para ir a la Mola por la deliciosa carretera que atraviesa los estanques salineros; de hecho, se puede tomar esta carretera casi siempre tranquila hasta Sant Ferran de ses Roques, donde se puede volver a coger la carretera principal. Si se sigue por la carretera de la Savina a la Mola, y tras una suave subida, se deja a la derecha la capital de la isla, Sant Francesc, y se sigue hacia Sant Ferran, a la izquierda de la carretera. Empiezan ahora tramos planos y rectos donde el mar está cerca tanto por la izquierda como por la derecha, hasta llegar a es Caló de Sant Agustí. En este pueblecito, crecido alrededor de un pequeño puerto pesquero —antiguo puerto de la isla— vale la pena parar para reponer fuerzas y contemplar el mar; a la derecha se alza la Mola con sus precipicios.

     La subida a la Mola es intensa, sobre todo si no se ha parado en es Caló y se pasa de una llanura total a una serie de curvas con fuertes rampas que discurren entre bosques de pinos en los que —a la izquierda— se intuye el mar; pasado el kilómetro 14 se impone una parada para disfrutar de uno de los más bellos paisajes que se pueden contemplar y que, además, permite obtener una idea completa de la realidad geográfica de Formentera y buena parte de Ibiza, incluidos los Freus. La subida se va suavizando hasta llegar al Pilar; empieza la recta de 2,5 kilómetros que lleva hasta el faro, y su silueta va acercándose entre campos y alguna viña. Cuando el faro ya está muy cerca, encontramos la recurrente señal de tráfico de «camino sin salida».      Con 23 metros de construcción, la torre del faro de la Mola se levanta 142 metros sobre el nivel del mar. Su presencia sobre el acantilado es impresionante, e invita a relajar la vista siguiendo el vuelo de un virot o pardela balear, viendo cómo rompe el mar más de un centenar de metros bajo de los pies o, también, cerrar los ojos para ejercitar la percepción de un paisaje que cautiva sin verlo. Está en un lugar simple pero intenso, de pasado reciente de psicodelias y alboradas tras noches sensuales. También de suicidios, en unos acantilados donde los formenterenses iban a virotar, a coger polluelos de virot (ave llamada baldritja en el resto de las islas Baleares), arriesgada actividad vinculada a la supervivencia.      Una de las primeras personas fascinadas por el faro de la Mola y su entorno fue el escritor francés Julio Verne. En su novela Héctor Servadac, publicada en 1877, aparece el faro de Formentera. En aquellos tiempos, Verne estaba todo el verano recorriendo el Mediterráneo en su velero de dos palos, y seguro que no perdió ocasión de conocer uno de los faros más modernos del momento. La complicada trama de la novela sitúa en el faro de la Mola a un científico capaz de explicar al capitán Servadac —el protagonista— que él y sus hombres no están, como creen, en un rincón ignoto del mundo, sino viajando por el espacio exterior tras la colisión de un cometa con la tierra. Recuerda el hecho una placa instalada cerca del faro en el año 1978 por el Fomento de Turismo en homenaje a Julio Verne.

     Pero aquel 30 de noviembre de 1861, Rafael Urrutia, farero principal del faro de Formentera, cumplió la orden real y encendió la mecha empapada en aceite de oliva, alma del aparato lumínico del faro. Lo hizo según las instrucciones precisas, tras haber comprobado la calidad del aceite de oliva suministrado de una manera simple y eficaz, oliéndolo y catándolo.      Y es que el aceite de oliva fue, durante unas décadas, el combustible de los faros isleños, hasta que empezaron a cambiarse los sistemas por otros alimentados con parafina de Escocia. En 1883 llegó la modernidad de la parafina al faro de Formentera, fabricada por Joumg’s Paraffin Light and Mineral Oil. C.O. Limited, en Glasgow. En el cambio de siglo, en 1901, empezó la sustitución de la parafina por el petróleo.

     Pero el gran cambio técnico del faro de Formentera se produjo en 1928, cuando llegó desde París una nueva óptica. Como la mayoría de faros de España, se estaban cambiando las luces fijas por las de destellos rítmicos. El motivo era, nuevamente, garantizar la seguridad marítima, ya que el incremento de la navegación y la proliferación de luces en tierra confundía a los navegantes. Cada faro empezaba a tener su cadencia lumínica, que lo hace inconfundible. Y el de la Mola emite una luz blanca fija con un destello de 0,33 segundos cada 4,67 segundos, con un alcance de 16 millas la luz fija y de 23 millas el destello; lo hace, con gran parte del mismo mecanismo, desde el día 1 de noviembre de 1928.      El sistema de alimentación con petróleo vaporizado a presión se mantuvo hasta 1971, cuando el fluido eléctrico llegó al faro, un par de años después de la entrada en servicio de la planta eléctrica de Formentera.

     El de Formentera ha sido uno de los últimos faros de España con fareros residentes. Ellos y sus familias han sido los protagonistas humanos en el extremo de la isla más isla de las Baleares. El último farero fue el compositor de Burgos Javier Pérez de Arévalo López, que llegó al faro en 1989. Entre otras cosas, Pérez de Arévalo ordenó la documentación del faro (muchos de los datos de esta ruta tienen origen en su trabajo) y se sintió fascinado por el espectáculo sonoro que protagonizan los virots en los acantilados donde se levanta el faro:      “…donde anida una de las mayores colonias de la Pardela Pichoneta en su variante mediterránea y de la Pardela Cenicienta, las cuales proporcionan un espectáculo sonoro que junto con la visión de los doce haces del faro girando incesantemente, producen en el afortunado espectador unas sensaciones difíciles de expresar con palabras. Las fronteras de la realidad se rompen y uno cree estar de repente en un mundo de dimensiones desconocidas. Sólo la música puede explicar lo que allí sucede y por eso el faro de Formentera está siempre presente, de una u otra forma en todas las partituras que, de la mejor manera que sé, escribo en esta torre centenaria, consciente de ser uno de los últimos fareros que quedan”, escribió Javier Pérez de Arévalo en el año 1998.

Faro del cap de Barbaria

     En Sant Francesc empieza la carretera que conduce, en 8 kilómetros, hasta el faro del cabo de Barbaria. A medida que la carretera se aleja de Sant Francesc, quedan atrás las edificaciones más impersonales. Avanzando en dirección al cabo de Barbaria, el paisaje va haciéndose más amable y auténtico. Viñas, bosquecillos y alguna casa campesina con su pequeño huerto quedan a ambos lados de una carretera que se va haciendo estrecha y cada vez menos transitada, especialmente después de dejar a la derecha el desvío que lleva hasta cala Saona.

     Y de pronto, pero sin estridencias, se llega al pla del Rei, el tramo final del recorrido. A ambos lados se extiende un panorama pedregoso y empobrecido por la acción reincidente de los rebaños de cabras y, siguiendo la carretera, con sus pequeñas bajadas y subidas, el mar aparece y desaparece hasta que irrumpe el faro, que centrará la atención visual hasta llegar a él. Hacer este tramo con el sol poniéndose constituye una experiencia que hay que disfrutar.

     Si estáis conduciendo, no cerréis los ojos ni os relajéis en exceso, que la carretera es estrecha y a ambos lados hay desniveles que estropean el coche y piedras que suponen un peligro si vais sobre dos ruedas. Una vez llegados al faro… quizás el faro sea lo que menos importe. Proyectado en 1924 y construido en 1971, el faro del cabo de Barbaria es una simple torre de hormigón de tres metros de diámetro y poco más de 17 metros de altura, con el regusto estético de la mediocridad arquitectónica franquista. Su luz abarca 18 millas y, por el año de su construcción, es un faro que nunca ha sido habitado y siempre ha funcionado con electricidad.

     Pero el faro del cabo de Barbaria vale la pena. La soledad del lugar, el tránsito para llegar y la serenidad que transmite el lugar se combinan de forma equilibrada; si se va coincidiendo con la puesta de sol, mejor. Los elementos son simples, al tiempo que de una complejidad y trascendencia extrema si se quieren disfrutar y vivir todos al mismo tiempo. Un acantilado donde vuelan las pardelas; una antigua torre de defensa —la des Garrovet— que siguiendo la línea de costa hacia Migjorn parece cercana (otra cosa es ir andando entre piedras); y una simple sima, un agujero en tierra muy fácil de localizar y situado a la derecha del faro, mirando al mar.

     Entrar en la sima no presenta ninguna dificultad. En un breve recorrido lleva hasta el centro del acantilado y, desde allí, se obtiene una visión completamente diferente del faro. Ha llegado el momento de sentarse, dejar ir la mirada, situar el pensamiento en la dimensión adecuada y tener conciencia que se está en un lugar, simplemente, bello.

     El lugar es bello pero no ignoto. En verano no es difícil encontrar —sobre todo a la hora de la puesta de sol— grupitos ruidosos que rompen la armonía tranquila del momento y que arriban nerviosos pensando que llegan tarde a puesta de sol. Y la moda —reciente pero obsesiva— de amontonar piedras, que cambia el relieve del paraje. Las soluciones son simples: evitar el ferragosto e ignorar los montoncitos de piedras.

Extraído de http://balearsculturaltour.net/

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