Lunes 21st octubre 2019,

Curiosidades e Historia

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El Congreso Agrícola de Ibiza de 1912

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El Congreso Agrícola de Ibiza de 1912

Por Mª Lena Mateu Prats

             

     Las distintas reseñas que fueron dando noticia del desarrollo de la XV edición del Congreso Agrícola de Eivissa los días 26 y 27 de mayo de 1912 nos permiten asistir a un momento especialmente propicio para el pueblo ibicenco, dados los esperanzadores cambios socioeconómicos que se contemplaban y que ya habían comenzado a vislumbrarse. Tan solo un año antes se había recuperado la línea de vapor directa con Barcelona, contando con el fraternal apoyo de aquella ciudad. Y al profundo sentimiento de gratitud venía ahora a sumarse el correspondiente a la elección de Eivissa como sede de ese importante encuentro, gracias a la disponibilidad mostrada por la Federación organizadora, formada por 110 asociaciones del Principado y las islas.

     Puede decirse que, desde un principio, dicha Federación se mostró favorable a esa solicitud del Ayuntamiento de Eivissa, salvando inconvenientes tales como la incapacidad de la ciudad para ofrecer alojamiento a todos los congresistas, proponiendo subsanar la deficiencia con el flete de un vapor, que sirviera al mismo tiempo de medio de locomoción y habitación para ellos. Su principal objetivo: que el paso de estos por las diversas localidades que visitaban supusiera una «racha de ciencia», de fructíferos gérmenes de mejora agrícola.

     Por parte ibicenca como ya han recogido Joan Albert Ribas y Antoni Marí, la Comisión encargada de llevar a cabo su organización se estructuró en cinco secciones (organización del Congreso, comisión de festejos, alojamiento y excursiones y hacienda y propaganda), correspondiendo el engalanamiento de la ciudad tanto a la de festejos presidida por A. Albert Nieto como a los mismos vecinos (con realizaciones o labores tales como la arquitectura efímera de unos arcos de triunfo o el encalado de las fachadas de sus propias casas, respectivamente).

     Asimismo, en muestra del requerido patriotismo y del aludido agradecimiento hacia Cataluña, sería una multitud de ibicencos la que iría a recibir a los congresistas. Y así el 26 de mayo -día de su llegada- amaneció en el barrio de la Marina con una colorista invasión de payeses que, avanzando hacia el puerto, se sumaban a aquella otra de la ciudad a su vez decidida a apostarse a lo largo del muelle y del espigón o «muro». Hasta el punto de llegar a encaramarse en lo alto del faro -por esos días en construcción-, movidos por el deseo de brindarles la más apoteósica de las bienvenidas.

     Sin detenernos en pormenorizar el protocolo oficial establecido al efecto, baste aquí decir que fueron dos los vapores ibicencos -el Formentera y el Salinas- los que, debidamente empavesados, zarparían a las siete de la mañana para ir al encuentro, en alta mar, del Villa de Sóller. Si bien cuando lo divisaron e hicieron sonar las sirenas, ya había sido saludado desde la cima de Tagomago por una fuerte tronada y el ondear de banderas. Saludo correspondido por los congresistas más madrugadores que se encontraban en su cubierta y entre los que se contaba Bartolomé Roselló, alma y ponente del mismo Congreso. Al tiempo que éste hacía volar la bandera azul de los ibicencos en Barcelona que, como presidente de aquella Colonia, traía para bendecir o bautizar en la isla, el Villa de Sóller sacaba toda su empavesada.

     Tal como igualmente relató J. Maspons en la Veu de Catalunya, a medida que se aproximaban a Ibiza iban sorprendiéndose al observar como las viejas murallas, los baluartes, los muelles y balcones estaban repletos de gente que les aclamaba con agitar de pañuelos y aplausos. Entremezclándose estos últimos con una estrepitosa explosión de cohetes, música y voltear de campanas€ Todo lo cual le llevaba a confesar que, aún siendo conocedor, por propia experiencia, de la manera con que los ibicencos trataban a los catalanes del continente, no podía dejar de maravillarse ante ese grandioso espectáculo.

Inauguración del Congreso

     Era tal la multitud que se había congregado en el muelle para recibirles que, al atracar el buque, resultaban prácticamente vanos los esfuerzos de los municipales por abrir paso a las autoridades y representaciones locales que, con sus pendones y banderas, intentaban ir primero hacia ellos y luego acompañarles hasta Dalt Vila. Tras la salutación oficial al Presidente de la Federación Agrícola -Pedro Grau Maristany, Conde de Lavern-, se dirigirían al templo de Santo Domingo, para oír misa y asistir al referido bautizo de la bandera de la Colonia ibicenca en Barcelona. Ceremonia celebrada por el P. Guasch y apadrinada por el mismo Maristany y la hija del alcalde de Ibiza, Paca Jasso. Seguidamente pasarían al Ayuntamiento, donde se les tenía preparado un vino de honor e intercambiarían las locuciones acostumbradas. En el momento de dar las gracias a los anfitriones, el conde de Lavern iría más allá del protocolo establecido, poniendo «tot el sentiment de la seva ànima», pues recibimientos como el que estaban viviendo jamás lo habían visto.

     Ya cerca de las 10 de la mañana -hora prevista para la apertura del Congreso- descenderían de nuevo a la Marina, encaminándose congresistas y público hacia el Teatro Pereyra. Tanto la mesa de presidencia como otras varias mostraban tapetes con los colores de Cataluña. Y cabe suponer que serían muchas las personas que lucirían las medallas conmemorativas que, aproximadamente desde mediados del mes anterior, se habían podido adquirir al precio de una peseta. En el anverso, la representación de «un hombre arando la tierra con un par de bueyes», junto a «una matrona esparciendo la semilla», recordaría el papel de la mujer en las faenas agrícolas, mientras la silueta al fondo de las montañas de Montserrat, volvía a insistir en el espíritu catalán del evento.

Ponencias y excursiones

     El tema ´Empleu racional dels adobs´ fue el que monopolizó los dos días del simposio, señalándose algunas deficiencias en el trabajo de nuestros payeses, proponiéndose las medidas a tomar y comprometiéndose el presidente a trasladar al correspondiente ministro algunas propuestas en beneficio de la isla. Posteriormente el mismo Maristany diría que la labor aquí desarrollada había sido «de afirmaciones positivas y sin protestas en lo que afectaba al Gobierno»; es decir, «sin invertir tiempo en discutir y censurar si los poderes públicos habían hecho o dejado de hacer en lo tocante a la Agricultura», limitándose a exponer lo que se consideraba conveniente realizar.

     La excursión a las «deliciosas» huertas o feixes situadas en las inmediaciones de la ciudad fue una de las actividades que les permitieron tomar contacto directo con una de las peculiaridades del cultivo isleño. Mientras la que efectuaron a bordo del Villa de Sóller alrededor de la isla, sirvió a su vez de esparcimiento. Al llegar a Sant Antoni les esperaría una multitud de pequeños faluchos embanderados y alineados en doble fila para franquear su paso. Y en el mismo barco disfrutarían de una reconfortante comida, contemplando el vuelo de las gaviotas, antes de emprender el itinerario acostumbrado (la iglesia catacumbaria de Santa Agnés, el vivero de langostas). No faltó tampoco la obligada visita de algunos conferenciantes a la Catedral, Museo Arqueológico y necrópolis del Puig des Molins. En este último caso, según escribió J. Maspons -y ha normalizado al catalán A. Marí- con el atractivo «de fer-se excavacions davant nostre, podent-se embutxacar tothom d´objectes que tornaven a veure la llum del sol després de milers d´anys de ser enterrats».

Bailes y trajes antiguos

     En lo relativo a los distintos actos con que se festejó la visita de esta expedición a Eivissa, cabe destacar los bailes «del país» celebrados en su honor y, muy especialmente, la indumentaria tradicional que en ellos se mostraba. De hecho, fue en esta ocasión cuando se materializó una iniciativa que, desde entonces y lamentablemente, no se ha vuelto a repetir en la isla: la recreación de unos antiguos y ya por entonces desaparecidos trajes de la payesía, llevada a cabo por Pere Marí, Cala. Para ello se tomaron como fuentes de información las pinturas del XVIII en las que Josep Mª Quadrado (1888) ya había reconocido la representación de unos antiguos trajes del campesinado ibicenco. Muy en particular, una de las que adornaban el púlpito de Sant Antoni de Portmany (1769) destruido durante la guerra civil -y cuyo correspondiente fragmento tuvimos la suerte de localizar-, así como la que aún sigue haciéndolo en el de Sant Josep (1763). En realidad, fue de esta última localidad de donde partió dicha iniciativa y en cuya zona el referido Cala también encontró una excepcional joya (el clauer de 1788 que, resistiéndose a fundiciones y otros tipos de pérdida habituales, ha llegado a nuestros días). Mientras que, para subsanar el devastador paso del tiempo en las piezas de ropa, se encargaría al «inteligente cortador de sastre D. Mariano Serra» la confección de las consiguientes réplicas.

     Con éstas se vistieron los payeses designados no sólo para participar en las citadas ballades, sino además para recibir a los congresistas en el mismo muelle. Y así, cumpliendo ampliamente las expectativas de los organizadores, fueron varios los medios de prensa que divulgaron, bien por escrito o gráficamente, esa curiosa imagen de la payesía ibicenca, sobre la que giraba el propio congreso. En dichas fotografías, reproducidas en publicaciones tales como Blanco y Negro u Hojas Selectas, tanto podemos ver al hombre con calzones anchos hasta las rodillas y a la mujer aún sin mantón sobre el pecho que figuran en las mencionadas fuentes iconográficas, como los trajes del XIX que en 1906 -al conmemorarse el apresamiento del Felicity- ya habían formado parte de la cabalgata organizada igualmente en Sant Josep bajo la dirección del aludido P. Marí, Cala.

     Hoy, cuando la investigación etnohistórica ha venido a corrobar la representativa implantación social en el pasado de unas y otras variantes indumentarias -así como sacado a la luz las situadas cronológicamente en un momento intermedio-, no podemos sino sumarnos a los elogios que por esos años la sociedad ibicenca supo dispensar a esas iniciativas. Una labor en la que colaborarían o se irían involucrando figuras de la talla de A. Albert Nieto, N. Puget, I. Macabich o M. Sorá, tal como detallamos junto a ciertas observaciones en un estudio específico, pero que después ha sido víctima de una corriente institucionalizada, ajena a la documentación histórica, de penosa incidencia en otros colectivos isleños de actividad folclórica.

     En todo caso, a los organizadores del Congreso sí les pudo quedar la justa satisfacción de haber sabido encauzar esa y otras actividades dentro de los parámetros de novedad y cultura que, como objetivos a cumplir, se habían trazado. Lo que en la práctica se traducía en proseguir avanzando hacia el progreso, sin borrar las sucesivas huellas de valor patrimonial. El mismo conde de Lavern mostró su admiración por las costumbres ibicencas adquiriendo incluso una emprendada de oro para la Virgen de Montserrat, de modo análogo a como hicieron otros de estos visitantes ante la silueta romántica de nuestras payesas, por su parte engalanadas con las ya modernas gonelles de color.

Relaciones con Cataluña y Mallorca

     Pese a todo, quizá la consecuencia más reseñable del paso de ese simposio por la isla fue la manera con que el pueblo ibicenco reaccionó no sólo ante las generalizadas alabanzas, sino también ante algunos comentarios desfavorables, como los que uno de los conferenciantes, desde un altanero paternalismo, transmitió a un periódico tarraconense, infravalorando la solvencia de la bona gent isleña. Y así fue Felipe Curtoys -quien en 1908 había recibido a otra expedición catalana con la poética presentación de Eivissa como un bello ´bocí de la terra catalana´- el que ahora matizaría los términos de esa fraternal unión.

     Si era cierto, según decía, tanto el cariño que los nativos profesaban a Cataluña como el agradecimiento con que correspondían el apoyo prestado por Barcelona -tal como en algún momento reconocía que se habían excedido en demostrar-, esos eran unos sentimientos desinteresados y puros. Pues, tal como orgullosamente puntualizaba, pese a su situación y relativa pequeñez, Eivissa podía vanagloriarse «de tener vida propia, de contar con los elementos personales y materiales» necesarios para recorrer su propio camino sin tutela alguna.

     Asimismo, y con la intención de resolver a nivel interno otros malentendidos o desencuentros, terminaba por afirmar que los ibicencos eran buenos amigos y hermanos, «lo mismo de catalanes que de baleares», «siendo una risible y vulgar leyenda la de rivalidades o rencores con Mallorca». De esta manera también parecía avalarlo la actitud mostrada a lo largo de todos esos días por periódicos tales como La Región palmesana y, sobre todo, por la extraordinaria acogida que Eivissa había dispensado a la más conmovedora representación mallorquina: la banda conformada por los niños de la Casa de la Misericordia, que con su música contribuyó vivamente al éxito de varios de los actos programados entonces, como la verbena que en la noche del 29 de mayo daría por finalizada la estancia de esa expedición en la isla.

     Ya cerca de la medianoche, y ante una multitud congregada para despedirles, el Villa de Sóller levaría anclas para salir de nuestro puerto rumbo al de Palma. Detrás de él, y con el mismo destino, lo haría el Isleño, con el que así regresaban a su punto de origen otros diversos participantes y la mencionada banda de música que, entre lágrimas infantiles y enternecidos aplausos de sus anfitriones, dejaría oír los últimos acordes.

     A la emotividad del momento contribuiría la lluvia de bengalas que, encendidas y «echadas al aire» a su vez «desde a bordo» por el propio capitán, envolvería por completo al buque en una luz de distintos colores, antes de perderse en la oscuridad.

Cortesía de Diario de Ibiza

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