Lunes 15th octubre 2018,

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Algo más que un juego: Una historia de amor (II)

posted by Vicente
Algo más que un juego: Una historia de amor (II)

Por @Vicent_Mari

    

     Alguien que dejó una huella imborrable en mi dijo que “el que no se enfrenta a sus miedos pierde las batallas más importantes”. Fue un ejemplo de lo que era el valor y la amistad, y que, casualmente, era el protagonista de las hojas que me habían llevado a aquella situación. “Un día descubrirás que incluso los fantasmas más poderosos no pueden tocarte. Sólo pueden frenarte”, aseguró. Nuestra amistad empezó siendo una transacción y acabó siendo algo sólido y profundo.

     La cita era un sábado por la noche junto a un conocido chiringuito de playa que estaría cerrado. Ella se aseguró de que recibía el mensaje cuando mencionó a una de sus amigas a un metro de mí que “tenía un compromiso muy especial esta semana”. Los detalles que ofreció hubieran sido vagos e inútiles para cualquiera, excepto para nosotros. De hecho, se me notó que había captado el mensaje porque durante ese día y los siguientes mi evidente nerviosismo me hizo cometer varias torpezas. Una de ellas, bastante sonada y que a ella le hizo esbozar una leve sonrisilla pícara. Fue mi modo de decir “mensaje recibido”.

     Era como un juego al que ambos jugábamos a nuestra manera de forma tácita. Intercambio de miradas, sonrisas y mensajes entre líneas. Eramos deseo oculto en otro cuerpo que se buscaba incesante confiando en su unión. Sentía como si tuviera una conexión especial con aquella chica y estuviera conmigo a todo momento, sintiendo lo que yo sentía.

     Me acostaba y era incapaz de conciliar el sueño. Pasaba horas y horas perdido en la neblina de unos pensamientos que, una y otra vez, regresaban a aquellos ojos, a aquella sonrisa, a aquella presencia magnética y especial. La imaginaba en la misma situación, comunicándonos a través del pensamiento y unas emociones que nos unían mas allá de la distancia que nos separaba. Era consciente de que estaba sucumbiendo a algo mágico y arrebatador, algo que me estaba poseyendo.

     El juego de miradas y medias tintas se fue haciendo más intenso hasta hacerse por momentos muy evidente. Alguna de sus amigas me fulminó con la mirada, intuyendo que algo había, pero incapaz de ver lo que era. Y eso no era más que una mezcla de curiosidad, emoción y una enorme atracción que por mi parte, en un momento u otro, acabaría desembocando en amor.

     Las horas que precedían a la cita me esmeré en acondicionarme debidamente. Me duché, me perfumé e incluso me afeité. Me puse la mejor ropa de mi armario y salí a lomos de mi moto negra hacia el lugar de la cita. Estaba tan nervioso e impaciente que llegué más de media hora antes. Me senté en una silla y me quedé escuchando el oleaje del mar, imaginando que las olas eran caricias sobre una playa de piel.

     A pesar de que intentaba no mirar el reloj, cada pocos minutos le echaba una mirada fugaz. Menos veinte, menos cuarto, menos diez, menos siete, menos cuatro, menos dos minutos… Cuando el reloj anunció con un par de pitidos que era la hora sentí latir mi corazón como si me fuera a salir del pecho.

     Pero no apareció nadie en los primeros quince minutos ni en los siguientes. De hecho, esperé más de una hora a que aquella chica apareciera. Pero no lo hizo.

     Abatido, regresé al calor y la soledad de mi habitación. Me tumbé en la cama esperando encontrar una respuesta a su ausencia. Eran de ese tipo de respuestas que nunca dejan satisfecho.

     Volví a verla en nuestro lugar habitual, y no tardó en hacerme llegar un mensaje de disculpa. Explicó a una amiga suya, a un metro de mí lo que había ocurrido durante el fin de semana, lleno de imprevistos y planes que se habían ido al traste. Incluso mencionó que le debía una disculpa a alguien muy especial. Era su forma de disculparse. Me dijo que lo sentía y yo le respondí que, si nuestro destino es estar juntos, volveríamos a tener otra oportunidad.

     Y así fue. Volvimos a coincidir. No tuvimos que esperar mucho.     

     Fue en una fiesta que ofrecía un amigo común, pocos días antes de las navidades. Sus padres tenían una casa en la cima de un monte desde cuya terraza se podía disfrutar de una hermosa panorámica de la ciudad y sus luces. Todos nos habíamos puesto nuestros mejores atrezzos y nos dejamos caer por allí. Sabía que ella estaría, como también sabía que no vendría sola. No sentía que fuera yo el que tuviera que llevar la iniciativa.

     Ya estaba allí cuando ella llegó. Era una criatura increíble, tanto en su forma como en su contenido. Aquel vestido azul dejaba adivinar la majestuosidad de sus curvas y la generosidad con la que la naturaleza había dotado su cuerpo. Era un dulce que esperaba ser retirado de su envoltorio. En los ojos de su acompañante distinguí un brillo de lujuria que poco podía disimularse.

     El frío se ocultaba durante el día pero se dejaba sentir en la madrugada, lo que obligó a hacer la fiesta en el interior. En uno de mis paseos, descubrí la terraza, con aquella vista extasiante, me busqué una hamaca y ahí me quedé, perdido en aquella luz.  

     Estuve allí durante un rato, esperando. En nuestro lenguaje secreto, mi soledad era una invitación para su presencia. Finalmente, al cabo de un par de horas, apareció aquella diosa majestuosa embutida en un abrigo negro subida a unos tacones finos que parecían partirse a cada paso. Se acercó hacia el borde de la terraza y se quedó mirando las luces de la ciudad.

– Unas vistas preciosas –murmuró.

– Ahora sí lo son –respondí.

     Hubo una pausa de varios segundos de silencio.

– Lamento lo del otro día –dijo en un hilo de voz-. No pude ir.

– No te preocupes –solté-. Te habría esperado aunque supiera que no ibas a venir.

– Quería venir –insistió.

– Lo sé.

     Otra pausa. Ella emitió un ligero temblor y una expresión de frío. Decidí ir a buscarle una chaqueta para que se la pusiera por sobre sus desnudas piernas y no tuviera frío.

– Voy a buscarte algo de abrigo –solté.

     Me levanté de la hamaca y cuando me disponía a dar el segundo paso, su voz me detuvo.

– No te vayas -dijo de repente-. Quédate.

     Sentí el calor de sus ojos atravesándome la piel. Una violenta punzada atravesó mi corazón al escuchar aquellas palabras. 

– Quédate –repitió en un susurro-. No te vayas.

     Suspiré y caí en la tentación de perderme de nuevo en la inmensidad de aquellos ojos profundos. Era un angelito bailando sobre unos centímetros de tacón, un verso escondido en un cuerpo de mujer, un enigma deseando ser revelado…

– Te estarán buscando –respondí esperando su reacción.     

     Se acercó unos pasos y se detuvo frente a mí, mirándome fijamente. Admiré su piel, sus labios, su pelo liso meciéndose con la brisa, la serenidad de su rostro, su cuerpo, tembloroso, parecía desear que unos brazos lo rodearan… Tal vez debería haberlo hecho.

– No me importa –murmuró.

     Un escalofrío recorrió mi espalda. Permanecimos con la mirada perdida en los ojos del otro, esperando a que amaneciera, ajenos a todo el ruido, la música y la gente que, estaba a pocos metros de nosotros. En un momento dado, nuestros rostros se acercaron buscando un contacto más íntimo y profundo. Todo invitaba a ello. La luz de la luna, la suave brisa, el murmullo de la música y la gente… y nosotros dos solos allí, en aquella terraza, con la panorámica y las luces de la ciudad a nuestros pies. Todo era perfecto hasta que apareció alguien inesperadamente.          

– ¡Eh! –soltó aquella en un bufido- ¿Qué haces aquí con el frío que hace?

     Ella detuvo el avance de su rostro y se volvió hacia su amiga.

– Estamos hablando –respondió secamente-. Ahí dentro me estaba agobiando con tanta gente.

     Su amiga, envuelta en unas atractivas telas que marcaban su cuerpo, se detuvo a cinco metros de nosotros.  

– Marcos te está buscando desde hace rato.

     Hubo una pausa de varios segundos.

– Ahora voy –respondió-. Dame un minuto, ¿quieres?

     Su amiga emitió una expresión de desconcierto y me miró con cierta curiosidad, tal vez sospechando que algo ocurría. Dió un paso atrás y se volvió hasta desaparecer por donde había venido. Me quedé mirando su expresión contrariada.

– Es complicado -murmuró de repente, leyendo mis pensamientos.

– Es complicado si crees que lo es –solté.

     Emitió un suspiro y se alejó un paso hacia las luces de la ciudad.

– No conoces a mis padres –musitó-. Son muy exigentes. No me dan un respiro. Siempre están encima de mí.

– ¿Marcos también es cosa de tus padres?

     Ella se volvió hacia mí.

– No es mi novio.

– No te he preguntado eso.

     Ella meneó la cabeza y volvió a mirar las lejanas luces de la ciudad, donde tal vez esperaba encontrar respuestas. Aunque allí solo había vacío y más preguntas.

– No entenderían lo nuestro. No sé lo que siento. Tu y yo somos dos caracteres opuestos.

     Me acerqué hasta ella y me coloqué a su lado.

– Sé que es complicado. No voy a mentirte. Me asusta tu mundo. Todo es tan perfecto que no encajaría en él. Yo no soy así. Veo a los tipos que vienen a buscarte, con esos coches, con toda esa fachada de tipos perfectos…

– No son perfectos –interrumpió ella-. Cuando estoy con ellos pienso en ti. Estoy con ellos por respeto a mis padres. Como ahora con Marcos. Sus padres y los míos son amigos.

     Se hizo un silencio no demasiado largo, pero lo suficientemente intenso.

 – Podemos seguir como hasta ahora –murmuré, con la mirada perdida en el horizonte, y el corazón azotado por una violenta tempestad-. Me gusta lo que tenemos, y me gusta que sea solo nuestro.

– Y a mí. Sé que puedes ver a través de mí, que puedes ver lo que soy, puedes ver mis miedos, lo que me ilusiona y lo que me afecta. Me encanta que  me veas como soy y no como aparento… contigo puedo ser yo y no como los demás quieren que sea. Contigo me siento libre, sin presiones.

– No necesitas fingir. Eres maravillosa tal como eres.

     Hubo unos segundos de silencio. Nuestras miradas perdidas en las luces de la ciudad, la brisa acariciando nuestros rostros y el ruido de fondo que nos llegaba amortiguado… Comprendí que estaba ante un momento mágico.

     Dio media vuelta y me miró con unos ojos cargados de sentimiento y suspiró. Me rozó el rostro con sus dedos y se alejó hacia la casa.

– Te veré en mis sueños –me despedí, todavía con la mirada perdida en el abismo.

     Sentí como sus pasos se detenían súbitamente y regresaban hacia mí. Se colocó frente a mí y sentí el calor  que desprendía su mirada.

     Y entonces ocurrió. Ambos acercamos nuestros labios entreabiertos que acabaron fusionándose entre el calor y humedad que desprendían nuestros anhelos. En mi caso, fue el primer beso. Años más tarde comprendí la verdadera trascendencia de aquel momento. El primer beso es el beso más importante de todos porque es el beso por el cual mides todos los demás.

     El tiempo se congeló y el planeta dejó de girar sobre su eje. No sé el tiempo que estuve perdido en aquellos labios, pero fue corto e intenso. Rasgué mi piel, abandoné mi alma, atravesé mi cuerpo y me sentí caer en el frío abismo en mis entrañas.

     Todo había cambiado para siempre.

     Lee más sobre esta y otras historias a través de este enlace.

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