Viernes 25th mayo 2018,

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Dragones Azules (I)

posted by Vicente
Dragones Azules (I)

Por @Vicent_Mari

 

        Dicen que ser es pertenecer a alguien. Si es así, yo pertenezco al Cuerpo. Soy policía. Como mi padre antes que yo. Desde que tengo uso de razón he querido ser policía. No es un trabajo como los demás. Es mi vida. Muchos polis te dirán lo mismo. Cuando termina la jornada no fichas, te vas a casa, te reúnes con tu familia y te olvidas de todo. No funciona así. Cuando termina la jornada intentas que todo sea sereno y tranquilo, pero no olvidas. Porque no se puede olvidar lo que ves. No se puede olvidar aquel bebé recién nacido tirado en un contenedor envuelto en una sábana sucia y ensangrentada muerto de frío. No se puede olvidar aquel que un día conociste y que de repente te encuentras convertido en cadáver con una jeringa colgando del brazo. Como tampoco se puede olvidar la visión de un tipo que se ha rociado de gasolina y se prende fuego con el único propósito de escapar de su propia existencia.

     Mi padre solía decir que todos los policías tienen un caso que no consiguen olvidar. Tal vez sea cierto. Cuando has estado en el Cuerpo tanto tiempo, son muchas las imágenes que rondan tu cabeza y siguen ahí con el paso de los años, inalterables y violentas como el plomo que, por primera vez te atravesó la carne y dejó la cicatriz que alteró tu cuerpo, la perspectiva del mundo que te rodea y la gente que está en él. Cuando eres policía y trabajas en la calle, tienes acceso a muchas tragedias que sacuden tus entrañas y te calan sin puedas hacer gran cosa por evitarlo. Es fácil que alguno de esos dramas te llegue al corazón.   

     Cuando se jubiló Miquel, uno de los veteranos que tuve en Sants, confesó entre copas que nunca había olvidado la visión de una niña de ocho años tendida en medio de la calle, sobre un gran charco de sangre, a la que habían cortado el cuello como si fuera mantequilla. El corte era brutal. Casi le había separado la cabeza del cuerpo. Recordaba nítidamente su vestido blanco con florecillas, su mirada apagada, aquel cuerpo ladeado, su brazo estirado intentando llegar al portal de su casa… Era una calle normal de un barrio de obreros. No tenía nada de especial salvo aquel cadáver tirado en la calle. El rastro de sangre que había dejado sobre el asfalto apenas tenía diez metros. El cuerpo sin vida tendido en plena calle y nadie había visto y oído nada. No se encontró al autor. Se interrogaron a familiares y vecinos, pero nunca se supo qué había ocurrido. Era su asignatura pendiente. El caso que le perseguía. El que nunca había conseguido olvidar.

– Han pasado más de treinta años desde entonces, pero esa imagen sigue ahí. Todos los días de mi vida veo la expresión de su rostro. Ahí está, con los ojos apagados, mirándome, pidiendo justicia. Ese cuerpo tan joven bañado en sangre, tirado en la calle como si fuera basura es algo que no se olvida. Va contigo el resto de tu vida. Aquella mirada tan joven e inocente –murmuró meneando la cabeza antes de apurar un trago largo en un vaso de plástico-. Cuando me despierto a las cinco de la mañana veo su cuerpo desde el aire, como si fuera su alma flotando sobre nosotros, sobre la escena, mientras fotografiamos su cuerpo sin vida. Cambiaría todo lo que tengo por saber quién lo hizo y porqué –hizo una pausa y me miró fijamente-. No dejes que eso te ocurra. Dejas de vivir, de ser tu mismo. La culpa te consume.

     Siguió bebiendo alcohol un par de horas más, vaso tras vaso, buscando escapar de aquella imagen, de aquel recuerdo sangrante. Pero nadie escapa de eso. A pesar de los años trascurridos recordaba aquellas palabras con cierto regusto amargo. Los surcos de su piel hablaban de preguntas sin respuesta, de casos sin resolver… A mis casi cincuenta años años, llevaba casi treinta en el Cuerpo, había sido testigo de dramas y consecuencias de malas decisiones. Algunos lo atribuyen a la mala suerte, pero no se trata de eso. Cuando alguien decide empuñar un arma y disparar a otro, esa decisión cambia no sólo su vida, sino la de los que hay a su alrededor. Eso te transforma. Mucho lo que antes te definía se pierde. Como un tren cuyos vagones descarrilan en pleno desierto. Sé de lo que hablo. En la academia te preparan para reaccionar y disparar, pero no para lo que ocurre después. Hace años tuve que tomar esa decisión por primera vez. Sencillamente sobreviví. Aprendes a vivir con eso.

     He conocido el dolor y el sufrimiento, pero lo que más impresiona de este trabajo es descubrir la clase de ciega locura que impulsa a una persona normal y corriente cuando está desesperada y no encuentra una salida. Ocurre constantemente. Personas normales en una situación anormal. Un buen poli no siente como una persona normal. Somos libros abiertos en carne viva. Es mucho peor el vacío que se forma en tu interior que el que se abre bajo tus pies. Ambos pueden matarte de distinta forma.  

     Cuando decides ingresar en el Cuerpo, lo haces por vocación, porque quieres ayudar a los demás. Sabes que será difícil, pero tu determinación es mayor. Sabes que habrá momentos que pondrán a prueba tu fortaleza. Tragedias incomprensibles que se cobran vidas inocentes. Muertes inexplicables y sin respuesta, muertes que tal vez se podrían haber evitado. Tenía miedo de que una de esas imágenes se grabara en mi retina y quedara allí, pétrea, grabada bajo capas carne, huesos y emoción contenida. No tenía miedo al fracaso, a hacer mal mi trabajo. Tenía miedo a consumirme lentamente bajo el asfixiante yugo del remordimiento y la culpa por no haber evitado una desgracia. Había conocido a compañeros cuya alma había ido destruyéndose lentamente por esa causa y no estaba dispuesto a que me ocurriera lo mismo.

     Un buen policía siempre está de servicio. Las veinticuatro horas. No importa si estas en comisaría, en la calle, en tu casa o el día de Navidad en una reunión familiar. Si tu compañero te llama, acudes. Así es como funciona. El Cuerpo requiere dedicación absoluta, sin otra clase de injerencias. Es difícil mantener una relación estable  con otra persona sin que este trabajo no acabe provocando una fractura. La mayoría de policías que conozco están divorciados y con hijos. Yo pertenezco a esa mayoría.

     Si hay algo que enseña este trabajo es que Ley y Justicia a veces no son lo mismo. La Policía cumple la Ley y mantiene el Orden. La Justicia es otra cosa distinta. Tampoco es lo mismo lo que quieres que lo que necesitas. Ser policía es un trabajo exigente y muchas veces te afecta y quizá tomas decisiones que tal vez no deberías haber tomado. No trato de justificarme. Al fín y al cabo, detrás del uniforme y la placa hay personas.

     Inevitablemente llega un momento en la vida de cada uno en que, por uno u otro motivo, nos enfrentamos a lo que somos. Jean de la Fontaine dijo “encontramos nuestro Destino en los caminos que tomamos para evitarlo”. No busco justificarme. Lo que hice, para bien o para mal, ya está hecho. En ningún momento tuve miedo de las consecuencias de mis actos, pero sí temía el dolor y el vacío de no haber actuado. Ahora, dos años después de que todo eso terminara, puedo asegurar que el caso de Jessica Castro, al que la prensa acabó refiriéndose con el romántico titular de “los Dragones Azules”, no fue el más difícil al que me había enfrentado. De hecho, fue un asunto bastante simple. Nadie esperaba que se complicara tanto ni que generara tanta polémica, ni mucho menos que se resolviera de aquella forma. Durante semanas conté con una ventaja: Sabía cómo iba a terminar todo. Lo que no sabía eran los detalles que nos abocarían a todos ese inevitable final.

     Alguien me aconsejó que no cargara con esa carga sólo, que lo mejor era compartir ese sufrimiento, que lo hablara o lo escribiera. No he hecho caso nunca de esa clase de soluciones, pero creo que, al margen de todo eso, considero que todo aquel que lo desee merece conocer mi versión. Hace más de un año rechacé una generosa oferta para que escribiera un libro contando mi versión de lo que sucedió. Ponían a mi disposición un escritor que me haría preguntas y escribiría el texto. No me sedujo la idea. Prefiero ser yo el que relate la historia, con mis palabras. No necesito dinero ni tampoco lo hago como terapia. El tiempo pasa despacio. Leer, hacer ejercicio y escribir en esta Olivetti son formas de ocupar mi tiempo en este éxodo en el que me encuentro.

     Posiblemente todo empezara antes incluso de que llegara a la comisaría de Madrid Sur. Ahora, con la perspectiva que da el tiempo, comprendo que tal vez era mi Destino estar ahí, en el momento justo en que todo ocurrió. Pienso en ello a menudo. Me pregunto qué habría pasado si no hubiera sido yo uno de los que se hiciera cargo del caso, si hubiera sido otro el que llevara la investigación. Quizá habría sido todo diferente. O tal vez no. Ahora ya todo eso son preguntas cuya respuesta se ha llevado el viento. Cuando me preguntan si ahora actuaría de otra forma, les respondo que no cambiaría nada.

            El caso de Jessica Castro en lo que a mí respecta empezó un mes antes de que me incorporara a la brigada. Empezó cuando se originó mi traslado a la comisaría de Madrid Sur. Aquella gélida noche en la que todo el castillo de naipes que componía mi vida empezó a caer.

     Hubo un tiempo en el que mi carrera apuntaba muy alto, pero eso ya pasó. Ser policía es un trabajo duro y sacrificado. Las calles son una jungla que tiene sus propias reglas y sus peligros. A diario muchos policías se ven obligados a relacionarse con todo tipo de personajes: Famosos, empresarios adinerados, políticos ambiciosos, miserables que han dejado de importarse a sí mismos y delinquen como una forma de supervivencia, mafiosos sin escrúpulos que se dedican al tráfico de drogas, la prostitución y la violencia sin ningún tipo de encubrimiento que se denominan a sí mismos respetables, y tipos que delinquen porque no saben vivir de otra forma. “Manny” era uno de esos últimos. 

     Hacía poco más de un año que había ascendido y tenía sobre la mesa varios casos que se habían atascado. Uno de esos casos comprometía a “Manny Ortega, un conocido delincuente que había sido fichado por robo con violencia, extorsión y vandalismo que además, era uno de los principales sospechosos de haber participado en un asalto con violencia a una mansión. Tres asaltantes con pasamontañas y pistolas maniataron a todo el personal del servicio doméstico, los golpearon y los encerraron en una habitación. Anularon la alarma y acto seguido intentaron abrir la caja fuerte. No hizo falta preguntar nada. Tenían planeado cada detalle. Sabían perfectamente donde estaba todo. Como no pudieron abrirla decidieron llevársela arrancándola de la pared y arrastrándola, dejando una profunda cicatriz en el jardín y un notable rastro de pruebas. Una de ellas, un chicle con el ADN de “Manny”. Con eso ya era suficiente para ir a por él. No obstante, el tipo desapareció de los lugares que frecuentaba sin dejar rastro. En un primer momento atribuí esa ausencia a que los asaltantes habían conseguido abrir la caja y se habían hecho con un suculento botín. No me preocupó demasiado. Ya aparecería. Cuando el dinero se acaba, todos vuelven sobre sus pasos. Sin embargo, lo que señaló a Ortega definitivamente fue un antiguo miembro del personal de servicio de la casa que había sido despedido un par de meses antes del asalto, que empezó siendo interrogado y que media hora más tarde acabó confesando que había aportado información sobre la casa aunque mantuvo que siempre pensó que se trataría de un robo sin fuerza y no de un asalto con violencia.

     Recuerdo que era jueves, pasaban las once y media de la noche y estaba frente al ordenador cuando recibí una llamada de comisaría avisándome de la detención.

– ¿Sigues interesado en “Manny” Ortega? –preguntaron desde el otro lado-. Javier Manuel Ortega Gonçalves. Así es como se llama, ¿no?

– Sí, ¿por qué? ¿tienes algo?

– Lo han detenido hace menos de dos horas. Está en la comisaría de Sant Martí, junto a las Ramblas.

– ¿De veras? ¿Por qué ha sido esta vez?

– No tengo ni idea. Solo he recibido el aviso.

– Iré ahora mismo.

– ¿Qué? ¿ahora? ¿Con este frío? Se nota que no tienes ninguna mujer.

     Ignoré su comentario y colgué. Decidí acercarme hasta allí dando un paseo. Era mediados de noviembre y el aire frío arañaba la piel. Tomé mi abrigo y bajé a la calle. La ciudad estaba envuelta en un manto gélido bajo un cielo púrpura que amenazaba lluvia. Eché un vistazo al reloj mientras sentía el asfalto crujir bajo los pies. Tenía las manos metidas en los bolsillos del abrigo. Apenas faltabas unos minutos para la medianoche.

     Las luces de la calle se reflejaban en mi retina. Embutidos en abrigos, la gente trataba de evitar el frío y el contacto con los demás a través de zancadas rápidas. Eran como fantasmas sumidos en la oscuridad.

     Pasados unos minutos, llegué a la comisaría de Sant Martí. Me identifiqué y pregunté por “Manny”. El agente que estaba en la recepción me dirigió hacia los calabozos. Le di las gracias y enfilé por los anchos pasillos hacia el fondo. No tuve que andar mucho antes de que un agente de uniforme que esperaba un café en una máquina me abordase.

– ¿Puedo ayudarle en algo?

– Busco a un detenido. 

– Diríjase a aquel mostrador. Allí le ayudarán.

     Le agradecí la ayuda y me dirigí al mostrador. Allí aguardaba un tipo rudo con una pequeña perilla que estaba concentrado con unos papeles bajo el mostrador que quedaban fuera de mi vista.

– ¿Sí? –soltó sin levantar la mirada intuyendo mi presencia.

-Soy Albert Bosch, pertenezco a la brigada de Robos de la comisaría de El Eixample –solté enseñando la placa-. Tienen ustedes a un sospechoso de asalto. Lo han detenido esta noche.

     El agente levantó la mirada y echó un vistazo desganado a la placa y luego a mí.

– ¿Cómo se llama?

– Javier Manuel Ortega Gonçalves. Colombiano, cuarenta y tantos años…

     El agente llamó a un tal Héctor con un pequeño grito y apareció con un “¿Sí?” el agente anterior con el café humeante en la mano.

– Buscan a tu detenido –aulló volviendo a su tarea si es que alguna vez la había abandonado.

– Javier Manuel Ortega Gonçalves –repetí recogiendo la placa y guardándola en el interior de la chaqueta-. Le han detenido sobre las nueve y media.

– Está en el calabozo –aulló acompañando un gesto de la cabeza-. Sígame.

     Héctor echó a andar y me coloqué a su lado.

– ¿Por qué le han detenido?

– Recibimos un aviso de que había dos hombres armando alboroto en la calle, así que nos desplazamos hasta allí y vimos a dos tipos que se habían enfrascado en una pelea. Les abordamos y les identificamos. Comprobamos que Ortega estaba requerido y lo detuvimos.

– ¿Por qué se estaban peleando?

– Se acusaban mutuamente de haberse estafado –respondió-. A saber. Parecían haberse pasado con el alcohol.

– ¿Identificaron al otro hombre?

– Sí, pero no tenía ninguna orden y lo dejamos marchar.

– ¿Recuerda su nombre?

– Lo tengo anotado –murmuró sacando una pequeña libreta de uno de sus bolsillos-. Aquí está: Julio Edgardo Santos Varela, natural de Medellín, 47 años. Tenía todo en regla.

     Saqué mi libretita particular y anoté el nombre. El agente echó un vistazo fugaz, lo que provocó su curiosidad.

– ¿Ese tal Edgardo Santos es de su interés? 

– Ortega, el detenido, es más conocido como “Manny”. Está implicado en un asalto donde participaron otros tres. Ha estado desaparecido durante varias semanas y ahora aparece implicado en una pelea. Suponiendo que esa pelea haya sido por algo relacionado con el robo o un mal reparto, podría ser de mi interés. Tal vez tengan un desacuerdo y aprovechando esa circunstancia quiera hablar.

– ¿Y va a interrogarle?

– Depende.

– ¿De qué?

– De si quiere hablar y o si pide un abogado. Es un delincuente de carrera. Sabe de qué va esto. Lo más probable es que no quiera decirme nada. ¿Ha hecho una llamada o ha pedido hacerla?

– No que yo sepa –respondió negando con la cabeza.

     Nos adentramos en las entrañas de la comisaría, pasando por delante de puertas abiertas y cerradas con carteles pegados hasta que por fin llegamos hasta los calabozos. “Manny” estaba tumbado sobre un colchón. Era un tipo corpulento, con una ligera telaraña de pelos que formaban una barba descuidada. Tenía el pelo con un moreno intenso así como su piel, que era oscura. Lucía una sudadera de marca sucia que apestaba a cerveza a diez metros a la redonda. No parecía alguien que se hubiera hecho con un generoso botín. Nos dedicó una mirada furtiva mientras nos acercábamos.

– Aquí lo tiene –murmuró el agente-. Javier Manuel Ortega Gonçalves.

– Hola “Manny” –solté devolviéndole la mirada-. ¿Estás cómodo?

– ¿Qué mierda es esta? –aulló sentándose en el colchón visiblemente enfadado-, ¿Por qué me detienen? ¡Yo no he hecho nada!

– De eso quería hablarte, ¿puedes responderme a unas preguntas?

– ¿Quién es usted? –gruñó deslizando una mirada de desdén- ¿otro policía?

     Podría haber aprovechado para anunciarle con solemnidad que estaba investigando el asalto a una mansión en la que él era uno de los sospechosos más sólidos, pero decidí esperar un poco.

– ¿Quieres irte a casa? Habla conmigo –solté con serenidad. Eso captó su atención y alejó su actitud chulesca. Se levantó y se acercó a las rejas.

– ¿Qué es lo que quiere? –inquirió.

– Información.

– ¿Qué tipo de información?

– Sobre el asalto a una mansión en El Eixample, hace tres semanas. 

– Yo no sé nada de eso.

     Me humedecí los labios y me mantuve en silencio un par de largos segundos.

– Es una mansión de color tierra, con un jardín enorme. Tiene un ventanal muy grande en el primer piso, unas escalinatas anchas de mármol y…

– ¡Le he dicho que no sé nada de esa mierda! -interrumpió furioso- ¿Por qué iba a saber algo de eso?

-¿No te suena? ¿Nunca has estado allí?

– ¡Ya se lo he dicho! –aulló con desdén.

– Te lo pregunto porque hemos encontrado rastros de ADN que te sitúan en la casa.

– ¿Qué rastros? –aulló a la defensiva-. Eso es imposible. Nunca he estado allí.

     Se hizo un tímido silencio que apenas duró unos segundos. Miré sus ojos oscuros, intentando penetrar en la fragilidad de su alma mientras él intentaba lo mismo conmigo. Héctor, espectador de la escena, sorbió un poco de su café.

– También tenemos un testigo que te ha situado en el escenario.

– Una mierda –soltó con una carcajada-. Eso es lo que tiene.

– Al contrario: Tenemos tu ADN y tenemos un testigo. Te tenemos cogido. Se acabó.

– ¡Váyase a la mierda! ¿Me oye, idiota? ¡Jódase! ¡Quiero un abogado y declarar ante el juez!

     Hice una mueca breve y permanecí inmóvil, con la mirada fija en la suya.

-De acuerdo –murmuré-. Se acabó la charla de poli. Hablemos de hombre a hombre. Cinco minutos. Si después sigues queriendo un abogado, que así sea –hice una pausa y continué-, ¿te apetece un café?

     “Manny” me miró sin saber cómo reaccionar. Al cabo de unos segundos hizo un gesto de asentimiento. Saqué una moneda y le pedí a Héctor que fuera a buscar un café. Este me devolvió una mirada con cierto desdén, tomó la moneda y desapareció.

– Hablemos claro –murmuré-: Lo tienes complicado. Tu abogado te dirá lo mismo. El ADN es una firma biológica única. No hay dos iguales, y el tuyo está en el escenario. Con eso ya es suficiente para acusarte formalmente. Si además le añadimos un testimonio que te incrimina directamente, casi puedo decirte que vas a estar una larga temporada en prisión. Dicen que Cuatre Camins está bien en esta época del año. Allí nunca te sentirás solo. Harás amigos enseguida.

– ¿Cree que eso me intimida?

– Según me han informado, ese es el menor de tus problemas. Debes mucho dinero. Y nada menos que a Nixon, ese usurero.

– ¡Eso es mentira! –tronó.

– ¿De veras?, eres su perfil de cliente: desesperado, de naturaleza delictiva, con escasos recursos, con pocas opciones… No tiene sentido negarlo. Es más: Conozco a Nixon. Tal vez pueda ayudarte con eso.

    En sus ojos se dibujó un pequeño reflejo de debilidad.

– Le pedí dinero para un negocio hace seis o siete meses. Hace cuatro que le estoy pagando.

– ¿Cuánto le debes?

– ¿Qué carajo le importa?

Se hizo un breve silencio.

– ¿Todavía sigues con esa chica? ¿Cómo se llama? ¿Blanca? Lleva mucho tiempo contigo…

            “Manny” se acercó a los barrotes en actitud amenazadora.

– A ella déjala al margen –rugió-. Ni te acerques.      

– No lo digo por mí. ¿Crees que Nixon se quedará tres, cinco o siete años esperando a que salgas de prisión para cobrar? No lo creo. Conozco sus métodos. Si tú no puedes pagar, la deuda pasará a ella. La cobrarán de un modo u otro, y ya sabes lo que significa eso. Con esos tipos no va eso de “déjala al margen”. Ellos sólo quieren su dinero. Cuando se enteren de que estas fuera de juego y no puedes seguir pagando, le harán una visita de cortesía para explicarle la situación.

– Les he estado pagando y les pagaré hasta el último céntimo. Saben que pago mis deudas. 

– Te creo, pero no sé si ese tipo de cosas va con su negocio. Mi consejo es que empieces a tomarte en serio tu situación. Vas a estar una larga temporada en prisión. Además hay otra cosa que juega en tu contra. Tenemos otro ADN que todavía no tiene dueño. Estaba pensando en compararlo con el de tu amigo ese… Edgardo Santos Varela. Si coincide, y puede que así sea, seguro que es más rápido que tú y habla hasta por los codos y te incrimina. Es cuestión de horas. Si quieres ayudar a Blanca, empieza por ayudarte a ti mismo.

            La furia de su mirada se aplacó un poco y se humedeció los labios.

– ¿Puede sacarme de aquí?

– Eso no, pero puedo hacer algo casi mejor –solté sacándome el arma y extrayendo el cargador. Le eché una mirada y descubrí el miedo en su mirada-. Puedo ayudarte a encontrar la tranquilidad.

– ¿Qué está haciendo? –preguntó retrocediendo un par de pasos temerosos.

            Me acerqué a los barrotes y estiré el brazo hacia él, ofreciéndole el arma.

– Ten, cógela –murmuré con serenidad-. Tiene una bala en la recámara. Puedes dispararme a mí o dispararte a ti. Piensa en tu situación, en lo que sería más beneficioso para ti.

– No la quiero –murmuró con una expresión de terror en su rostro-. Aparte eso de mí.

– ¿No la quieres? Eso pondría fin a todos tus problemas.

– ¡No quiero esa mierda!

     Di un breve suspiro y permanecí inmóvil mientras estudiaba la expresión de terror frío que se había petrificado en su rostro, en sus ojos vidriosos. No reaccionaba como alguien que asalta armado una mansión.

-¿Estás seguro? –pregunté-. No volveré a hacerte esta oferta.

– ¡No quiero su maldita arma! –tronó- ¡guarde la pistola!

– Esa es la opción difícil. La opción fácil es que me des los nombres de todos los que participaron en el golpe y diré que has colaborado. Uno o dos años menos de condena.

– Eso no me sirve –aulló-. Sáqueme de aquí y le diré todo lo que quiera saber.

– Te diré cómo lo haremos. Primero me cuentas todo y después hago mis gestiones. Es la mejor opción. Ya te tengo pillado. Que pille al resto es cuestión de días.

– ¿Me toma por un jodido estúpido? –tronó- ¡Si le digo lo que quiere saber me van a dar por culo!

– ¿Qué coño pasa aquí? –tronó Héctor, llegando con el café en la mano. Todos nos volvimos a mirarle. Llevaba en su cara una expresión de incredulidad y asombro difícilmente repetibles– ¿Qué está haciendo? ¿Por qué le está dando su arma?

– Tranquilo, no pasa nada –solté enfundándome la pistola con tranquilidad-. Estamos negociando una colaboración.

– ¿Por eso le estaba entregando el arma?

– Le estaba explicando gráficamente su situación –murmuré volviendo a fijar la mirada en “Manny”-. El trato es este: me das el nombre de los otros que participaron en el asalto y diré que has colaborado. De hecho, estoy dispuesto a mejorar mi oferta: hablaré con ese usurero y le haré entender que Blanca está al margen de tus chapuzas. Es mi última oferta y expirará en cuanto salga de aquí. En un minuto o menos.

– Voy a informar de esto a mi superior –tronó Héctor furioso-. ¿Qué se cree que está haciendo?  

            Hubo unos segundos de silencio. Héctor se acercó a mí con el vaso humeante en la mano. Debía sentirse como un estúpido al que mandan a por hielo. Así me sentiría yo. “Manny” se quedó pensativo durante aquellos largos segundos de tímido silencio en los que Héctor estudiaba la situación.

– ¿Le ha amenazado? –preguntó dirigiéndose a “Manny”- ¿Le ha amenazado?

– Nadie ha amenazado a nadie –respondí con serenidad y energía-. Hemos hablado y, si no he entendido mal, ya me ha confirmado su participación en los hechos y ha rechazado la asistencia de un abogado, ¿estoy en lo cierto?

            Hubo pequeño lapso de silencio que duró unos segundos. “Manny” no dijo nada. Sólo respiró hondo y se tocó la frente, anhelando la aparición de alguna buena idea.

– ¿Es cierto? –tronó Héctor sin apartar la mirada de “Manny”-, porque si está mintiendo su interrogatorio ha terminado.

– Esta bien –musitó en un hilo de voz.

– ¿Qué está diciendo? –tronó Héctor-, ¡Hable más alto!

            “Manny” tragó saliva y se sentó en el colchón como si llevara un pesado fardo en la espalda.

– Estuve ahí –murmuró al fín.

            La expresión de Héctor se ensombreció ligeramente al tiempo que me dedicaba una mirada teñida de furia contenida. Carraspeé e inicié el interrogatorio. Tomé el café de la mano de Héctor y dejé el vaso humeante sobre los barrotes.

– Empieza por el principio.

– No tan deprisa –murmuró con firmeza-. Si voy a hablar, quiero ese acuerdo por escrito.

– No es necesario –solté señalando a Héctor-. El es testigo de tu colaboración y lo pondré en mi informe. Yo también pago mis deudas y me he comprometido a hablar con Nixon y encontrar una solución a la situación de Blanca. Nadie te va a ofrecer nada mejor porque aquí dentro no le importas a nadie. Pero te aviso: si me mientes, aunque sea en lo más mínimo, te quedarás sin nada, ¿entendido?

            “Manny” mantuvo su mirada afilada y asintió al cabo de unos segundos. Se pasó la mano por la boca y mantuvo su silencio un poco más antes de empezar a hablar, meditando por donde empezar.

– Hace unos meses conocí a un tipo que me dijo que sabía de un asunto que podía ser muy beneficioso.

– ¿Su nombre? –pregunté sacando la libreta.

– Es el tipo con el que me peleé esta noche. Se llama Edgardo.

– ¿Dónde lo conociste?

            “Manny” suspiró intentando hacer memoria.

– En un bar. El que está en la calle Bofarull, junto a una tapicería. Solía ir los sábados por la tarde. Se reunía con un grupo de marroquíes después de jugar al futbol.

– Vale. Continúa.

– Yo solía estar allí muchos días. Nos fuimos viendo varias semanas antes de que entabláramos contacto. Un día me invitó a una cerveza y empezamos a hablar. Me caló enseguida. Dijo que reconocía a los que habían estado en prisión. Me dijo que si necesitaba dinero y estaba dispuesto a arriesgarme, podía ofrecerme algo, pero que necesitábamos ser al menos uno más y que debíamos repartirnos los gastos.   

– ¿Por eso le pediste el dinero a Nixon?

– Sí.

– ¿Cuánto?

– 2.500 euros.

– Sigue –murmuré mientras anotaba en la libreta-, ¿Qué paso después?

– Un día apareció con otro tipo, un marroquí. Dijo que quería entrar en el negocio y que sabía cómo conseguir armas.

– ¿Su nombre?

– Icham ó Hicham o algo así. No sé el apellido. Lo había visto otras veces con él. Creo que es uno de los marroquíes con los que juga al futbol.

– ¿Edad?

– Aparenta unos cincuenta y tantos, pero no los tiene. Creo que puede tener unos cuarenta.

– Descríbemelo, ¿Cómo es?

– Delgado, muy moreno, de pelo corto… Lleva un montón de anillos en los dedos y un colgante con un ojo.

– Dame más detalles, ¿de quién era el plan?

– De Edgardo. Dijo que sabía de una casa en la que había mucho dinero y el riesgo era muy bajo. Tenía un contacto que nos proporcionó información sobre la casa. Tuvimos una reunión en la que nos hizo un plano y nos dio detalles sobre la gente que había en la casa, la alarma y la situación de la caja. No parecía que fueran amigos. Nos dio la información y le pagamos.

– ¿Cuánto dinero se llevó?

– No estoy seguro. Creo que unos 3.000 euros.

            Coincidía con la cantidad que nos había dado el ex miembro del personal que había trabajado en la casa y que había sido despedido. “Manny” decía la verdad.

– ¿Dónde fue esa reunión?

– En una casa de campo en las afueras. No sabría volver. Fuimos dos veces y las dos de noche.

– ¿Qué hacíais allí?

– Nada. La primera fue para hablar con aquel tipo y preparar el golpe y la segunda, para repartirnos el dinero.

– ¿De quién era la casa?

– No lo sé. Estaba hecha polvo. La puerta no tenía ni cerradura. Estaba muy descuidada. Parecía que estaba abandonada pero había luz.

– ¿Quién te llevó hasta allí?

– Nos llevó Icham ó Hicham en su furgoneta.

– ¿Recuerdas la matricula, marca, modelo, color…?

– La matricula no. Nunca me fijé. Es una Mercedes Vito de color blanco. Dijo que la había comprado de segunda mano. La utilizamos para trasladar la caja después del golpe.

– Debo suponer que abristeis la caja…

– Sí, pero no tenía mucho dinero. Tenía un montón de papeles pero dinero, no. Tocamos a unos 17.000 euros por cabeza.  

            Asentí con la cabeza y me humedecí los labios.

– ¿Qué hicisteis con las armas?

– Las limpiamos y se las llevó el marroquí. Quedamos que él las guardaría.

– ¿Las guardaría para cuando las volvierais a necesitar? –pregunté- ¿estabais pensando dar otro golpe?

– No hablamos de eso.

            Le devolví una mirada inquisitiva que se encontró con un rostro impasible como respuesta.

– Ya –murmuré sin demasiado convencimiento-. Háblame del cuarto hombre.

            “Manny” mostró una expresión sorprendida en el rostro.

– ¿Cómo sabe que había un cuarto hombre? -aulló

– Teníais que ser cuatro. Tres asaltantes entraron en la casa. Debía haber un vigilante fuera. Entrar en la casa sin que nadie vigile vuestras espaldas es un poco temerario. Quiero su nombre.

            “Manny” meneó la cabeza.

– No lo sé. De camino a la casa, el mismo día del golpe, Edgardo y el marroquí aparecieron con otro tipo. No me lo presentaron ni me dijeron su nombre. Yo no hice preguntas. No intervino en el golpe directamente. Esperó en la furgoneta. Llevaba gafas oscuras y una gorra de color naranja. No me fijé en él. Ese tipo fue el que nos abrió la caja. Llevaba un maletín y sabía lo que estaba haciendo.   

– ¿Qué aspecto tenía?

– Pelo rizado, moreno, más o menos de mi estatura. Ni siquiera abrió la boca… Es todo lo que recuerdo.

– ¿Qué pasó después de repartir el dinero?

– El que nos abrió la caja tenía una moto preparada y se marchó con ella. El marroquí nos llevó en la furgoneta de vuelta a la ciudad y me dejó junto a una parada de autobús. El y Edgardo se marcharon juntos. A Edgardo no lo había vuelto a ver hasta esta noche.

            Asentí mientras tomaba notas apresuradamente.

– ¿Por qué habéis discutido Edgardo y tú esta noche?

            El rostro de “Manny” reflejó una mezcla entre rabia y amargura.

– Porque me ha engañado. Ese hijo de puta me ha engañado. Nos repartimos el dinero, pero no hablamos del resto. Los papeles de la caja fuerte valían mucho dinero y se los quedó con la excusa de hacerlos desaparecer. Hace un par de días me enteré que los ha vendido y ha sacado 35.000 euros.

– ¿Qué había en esos documentos?

– No lo sé, pero eran muy valiosos. Si han sacado todo ese dinero es que valen mucho más.

– ¿A quién se los han vendido?

– Eso ya no lo sé -respondió.

            Asentí mientras anotaba toda la información. Eché un vistazo a “Manny”. Era toda la estampa del perdedor. Allí sentado, con las manos entrelazadas, la espalda encorvada, la mirada caída…

– Una última pregunta –murmuré provocando que levantara la mirada-, ¿Sabéis de quién es la mansión que asaltasteis?

            “Manny” asintió con la cabeza y emitió un suspiro.

Asentí al tiempo que cerraba la libretita y la guardé en el bolsillo interior de la chaqueta.

– Tómate el café. Ya estará frío. Y no te preocupes por Blanca. Me encargaré de que esté bien. Preocúpate por ti.  

Caminé unos pasos y cuando iba a salir me detuve. Me volví hacia “Manny”, que no había variado su postura.

– Tengo una curiosidad –murmuré-: ¿Qué has hecho con tu parte del dinero?

– Lo gasté.

– ¿Todo? –aullé incrédulo- ¿En tres semanas?

– Soy idiota –soltó-. He gastado todo el dinero en darme la gran vida. He comprado joyas para Blanca, he ido a los mejores restaurantes, a los mejores hoteles, he comprado ropa en tiendas de lujo… Me lo gasté todo. Hasta el último centavo. Tenía el dinero y no le pagué a Nixon.

            Salí de los calabozos acompañado por Héctor, que había sido testigo de toda la escena. Emití un suspiro y saqué de la chaqueta un paquete de caramelos para aclarar la garganta.

– ¿Comprobaron que ese tal Edgardo Santos no tenía antecedentes?

– Estaba limpio –respondió Héctor-, ¿por qué lo pregunta?

– Dijo que reconocía a alguien que había estado en prisión. Seguramente porque también ha estado allí.

– Si es así, también reconocerá a un poli a un kilómetro.

En aquel momento me detuve y le miré fijamente.

– De un compañero a otro –solté-, ¿quiere preguntarme algo?

– Ya que lo menciona, si. ¿Qué coño ha sido lo de ahí dentro? –murmuró-, el numerito de la pistola.

– Así es como hago las cosas. Se había cerrado en banda. Incluso quería un abogado. Hay algo que debes saber de este trabajo: Todas las relaciones se basan en la confianza. Confías en tu compañero y él confía en ti. A veces, para conseguir ciertas cosas de algunas personas hay que apelar a la confianza. Dentro de esa confianza, le he explicado su situación real.

– ¿Para eso era el numerito de la pistola?

– Sí. Ha sido el toque dramático de la historia. El ingrediente necesario para conseguir su colaboración. Como has podido ver, ha funcionado.

– Ya. Y ahora va a pedirme que me olvide de lo que he visto ahí dentro.

– Exacto. De compañero a compañero –solté con una breve sonrisa-.  Nunca se sabe cuando uno va a necesitar un favor.

            El agente se quedó en silencio, mirándome fijamente. En sus ojos veía el reflejo de la duda, el peso de una decisión. Al cabo de unos segundos de silencio, Héctor me devolvió la sonrisa durante unos segundos y finalmente depositó una moneda en mi mano.

– El cambio del café –murmuró antes de proseguir su camino y desaparecer por el pasillo.

            Tras unos segundos de intensas dudas reinicié la marcha y salí de la comisaría. El frío en la calle se había intensificado. Me subí el cuello de la chaqueta y eché a andar sobre la acera mientras débiles y finos copos de nieve caían sobre la ciudad. Los pensamientos que me venían eran débiles y oscuros fantasmas que no podían dañarme.


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