Miércoles 20th junio 2018,

Curiosidades e Historia

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Poética del espacio salinero

posted by Vicente
Poética del espacio salinero

Por Miguel Angel González 

     Sorprende comprobar que la sal sigue extrayéndose, como ya hacían los egipcios en el delta del Nilo hace miles de años, por evaporación de agua de mar. La intervención del hombre en el proceso es mínima porque la cristalización, en esencia, corre a cargo de dos elementos que Thalassa y Atón nos ofrecen de formar gratuita y son prácticamente inagotables: el mar y la energía solar. De aquí que podamos decir que, en nuestros días, la explotación salinera es la única industria que, por su naturaleza estrictamente ecológica, puede constituirse, como es el cado de nuestras salinas, en Espacio Protegido, Reserva de la Biosfera y Parque Natural.

     Un reconocimiento, sin embargo, que no sólo se debe a las extraordinarias condiciones medioambientales de tan privilegiadas marinas ni al hecho de que constituyan un providencial paraíso para las aves migratorias, sino, también, muy especialmente, porque, por sí mismas, las salinas crean paisaje. El fascinante encuadre que ofrece su cuadrícula de espejos es la razón de que, en el imaginario colectivo de quienes vivimos en las islas, las salinas sean, más que una industria –circunstancia que damos por sabida pero, que desde el punto de vista personal no nos despierta un interés particular–, un espacio poético, un lugar especial y distinto en el que descansamos los ojos y, por decirlo así –no importa que quede cursi–, se nos ensancha el alma. Se trata, en fin, de un ámbito que nos importa. Íntimamente. De forma anímica y afectiva. Un espacio en el que nuestra sensibilidad se complace y se recrea, que despierta nuestra admiración y puede, incluso, conmovernos. El porqué de tan particular impacto, sin embargo, no puedo explicarlo. Hacerlo sería tanto como conseguir desentrañar el secreto mismo de la Belleza que, en última instancia, nadie sabe a ciencia cierta en qué consiste. Lo que sabemos, eso sí, es que la percibimos intuitivamente como vivencia que, por ser subjetiva, resulta intransferible. ¿Cómo podemos explicar una emoción, un sentimiento? Y sin embargo, éste es, precisamente, el imposible objetivo del Arte, sea música, escultura, pintura o poesía. La diferencia entre un paisaje y un cuadro, por ejemplo, está en que la obra de arte es expresión del artista que en su obra pone voluntad, premeditación, intencionalidad. La naturaleza, en cambio, se rige por leyes muy distintas de azar y necesidad. Me pregunto qué intencionalidad puede existir en un tifón o en una puesta de sol. Yo no lo sé. Lo único que sé es que, para tratar de explicar un paisaje, lo único que podemos hacer es describir su materialidad y apuntar vaguedades sobre nuestra percepción, decir, por ejemplo, que en sus luces, colores y formas, el diorama que vemos ofrece proporción, orden, equilibrio, armonía. Y poco más. El poeta puede decirlo mejor, es cierto, pero en el fondo sólo araña ese no sé qué que nos atrae, que admiramos y nos emociona.

     Dicho esto, volvamos al paisaje salinero y tratemos de conseguir, como ejercicio, ese huidizo daguerrotipo que tanto nos cuesta focalizar. Pensemos, por ejemplo, que estamos en agosto y que un tractor armado de una pala amarilla entra en el deslumbramiento de un estanque que relampaguea y el betacaroteno ha teñido de rojo. La máquina se mueve sobre un mar cristalizado que se quiebra y el espejo roto, calidoscópico, chispea con minúsculas luces que liberan el sol acrisolado. Abierta la piel marina y levantada la costra reseca y salitrosa que cruje lastimosamente debajo de las ruedas, la sal asoma con un blanco de nieve que descubre las capas más húmedas del fondo, una salmuera que la canícula vaporiza. La enorme pala muerde el oro blanco, lo recoge y en un decir amén lo vuelca en el rosario de vagonetas que un tractor arrastra a una explanada, entre pinares, donde se forma un irreal cono de nieve. La sal irá después al pantalán, donde una cinta sin fin, transportadora, verterá el polvo marino y luminar en las bodegas de los barcos que suelen llegar desde un lejano norte con nombres que asociamos con ínsulas extrañas: Karin, Lunaria, Balticborg, Scania, Tuban, Hesperusa, Indunaval, Bothniabor, Heluan, Antares, Idalith, Ritvadan, Linde, Driesberge, Spolanda… Y uno recuerda entonces las salinas de su niñez y su memoria.

     Con grandes sombreros de paja y remangados los calzones en la corva, els cavadors hincaban en los estanques las azadas y sacaban la sal con el tiràs, cajón abierto que uno empujaba con un mango mientras otros tironeaban un sogal desde el extremo contrario para amontonar la sal en cónicas ringleras, cavallons, y para que otros salineros, els traients, se la cargaran sobre la cabeza en cenachos de cuarenta quilos que volcaban en las vagonetas del pequeño tren que parecía de juguete. En los años cincuenta, ya no se utilizaba la yunta de bueyes que arrastraba los volquetes y había fracasado el intento de utilizar asnos para que cargaran la sal en alforjas: los rucios reventaron y tuvieron que ser los hombres, animales más duros, tercos y necesitados –ganapanes, al fin– los que tuvieron que oficiar de trajineros sin más ayuda que algún recalentado botijo que no calmaba la sed y unos rodetes de tela apelmazada para protegerse la cabeza de la carga y de los que, sorpresivamente, algunos prescindían. Y así siguió la cosa muchos años. De sol a sol. En jornadas de hasta doce horas y salarios que en tiempos fue de una peseta y un trozo de sal. Hasta que en los años setenta llegó la mecanización y, poco a poco, lo que habían hecho mil hombres, sudando sangre, pudieron hacerlo, como lo hacen ahora, sólo diecinueve. Con aquellos borrosos recuerdos y con el chirrido estridente y adormecedor de las cigarras he vuelto a subir al Puig de Baix. Por debajo quedan los estanques, el llano y una dilatada playa codolar. Hacia el mar vuela una bandada de gaviotas, posiblemente ahuyentadas por los halcones que protegen las pistas del aeropuerto. Pienso que, de no ser por las rapaces, los pájaros tal vez se suicidarían contra las turbinas de esas otras aves de metal que atruenan en el aire. En un intento desesperado y desigual por recuperar el espacio perdido.


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