Viernes 26th mayo 2017,

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Tu nombre me recuerda a tí (I)

posted by Vicente
Tu nombre me recuerda a tí  (I)

Por @vicent_mari

     Mentiría si no reconociera que he pensado mucho en ti. Mi cabeza es un vertedero de recuerdos, una pantalla donde van a parar las imágenes y las experiencias que hemos vivido y las que no. Estoy hecho de recuerdos que nunca volverán y deseos que no se cumplirán. No puedo olvidarte.

     Todas mis fantasías huelen a ti. Tienen tu aroma, tu esencia intangible, tu aura serena y distante, esa inestabilidad a la que se une la tibia fragilidad en la que habitamos tanto tiempo. A veces pienso que todo hubiera sido más fácil si nuestros cuerpos ansiosos no hubieran colisionado y me hubieran convertido en polvo de estrellas, en lo que soy ahora, un ser vaporoso e invisible que mora en la mitad oscura de su alma.

     Te escribo esta carta para decirte esas cosas que una vez quise decirte y que no salieron de mi boca por miedo o vergüenza. Cosas que tal vez, en su momento pudieron haber cambiado algo entre nosotros, pero que ahora son estériles, ya que no derribarán la distancia ni los muros que nos separan. Pero a pesar de eso, deseo hacerlo. Quiero que sepas lo mucho que significaste para mí y lo que me ha marcado el tiempo que pasamos juntos: el más feliz de mi vida.

     A menudo recuerdo alguna de nuestras conversaciones, y sin pretenderlo echo de menos el tacto de tu piel, la electricidad que desprendía en contacto con la mía. Llevo tantos días amándote y echándote de menos que no puedo evitar preguntarme si podré volver a amar a otra persona después de haberte amado.

     Te he echado de menos. No sé por qué hablo en pasado. Me siento incompleto, inacabado. Todo este tiempo he sentido tu ausencia como si hubieran arrancado una parte de mí. Todavía anhelo tu piel y busco el eco de tu presencia a cada instante, en cada lugar. No es nada nuevo. De hecho, estoy seguro que a pesar del tiempo y la distancia, lo sabes. Antes podías intuir mi vacío e imagino que todavía posees esa rara habilidad.

     Este conjunto de palabras y lamentos es lo que soy, en lo que me he convertido. Mi teléfono hace tiempo que no suena, nadie viene a verme. Sólo cuando tienen problemas. No les culpo. Hasta yo mismo me detesto. Por más que intento no consigo deshacerme de esta sensación de levedad y vacío que me acompaña y que hace ya tiempo ha derivado en culpabilidad.

     No dejo de repetir tu nombre, tu maldito y bendito nombre… aquel que sabe a fuego y miel, que me golpea y me daña, igual que tu mirada teñida despidiéndose mientras te alejas. Son pequeños fragmentos, fotogramas de una historia que al igual que yo, ha acabado hecha pedazos. No puedo creer que esto terminara así. Yo, que creía que el amor era una estafa mutua compartida entre dos idiotas. Entraste en mi vida suavemente, y con el tiempo ganaste fuerza y sacudiste mi mundo como un huracán. Soy consciente de que nada volverá a ser igual después de ti. Mis escasos momentos de rabia se pierden en el denso océano de recuerdos preciosos e incorruptibles que guardo de ti. Quiero que sepas que has sido lo más puro y hermoso que ha pasado por mi vida. No se puede olvidar a alguien como tú. Esa es mi condena.

     En todo este tiempo no he dejado de recordarte. He escrito mucho sobre ti, sobre nosotros y he sacado mis conclusiones. He anotado todo lo que hubiera querido decirte y nunca te dije. Todo este tiempo recluido entre sombras me ha revelado que las cosas que no se dicen suelen ser las más importantes. Por eso he desnudado mis sentimientos y los he dibujado en miles de hojas, que he condensado en estas páginas, para que comprendas mi miedo a perderte y mi fragilidad ante ese miedo. Puede parecer absurdo y sin sentido escribir esto ahora, cuando nuestra historia acabó hace una eternidad y tal vez lo sea. Lo hago porque sé que todo esto acabará llegando hasta ti, de alguna manera que todavía no alcanzo a comprender, por medio de un secreto plan de la Vida en el que todo parecerá casual. Pero no lo será.

     No puedo apartar tu imagen de mi cabeza más de un minuto. Estoy bajo el influjo de tu encanto, de esa mirada hipnótica e infinita. Este es uno de esos casos en los que la magia se rompe pero el hechizo permanece. ¿Por qué no puedo apartarte de mis pensamientos? ¿Por qué no puedo alejarte? ¿Por qué no puedo desprenderme de estos recuerdos? ¿Por qué sigues atormentándome? ¿Por qué no consigo arrancarte de mí? ¿Por qué tu imagen no me abandona?

     A veces te odio. En días como hoy. Cuando descubro que no puedo dejar de ver tu imagen o recordar el tacto de tu piel suave en mis manos o la humedad de tu boca en mis labios. Pero me he prometido que voy a escapar de esta obsesión, abandonaré este recuerdo que no me deja vivir. Ya no me importa que me ames o no, sólo déjame ir de ti.

       Muchas otras mujeres te odiarán. Odiarán en lo que me has convertido, en un tipo exigente, que da mucho y pide mucho. Tú me enseñaste. Y cuando me pregunten quien fue diré tu nombre. Tú fuiste quien me arrancó el corazón y nunca lo devolvió.

     Aún tengo miedo de encontrarte. Que vaya por la calle y aparezcas de repente, frente a mí, y me devuelvas la mirada o me saludes. O peor aún, que ni me mires ni me saludes. Me pregunto si podré soportar que me ignores, tú que tanto has significado para mí. Tanto que has alterado mi vida para siempre. Sólo de pensarlo me duele el pecho.

     Pero eso no es lo peor. No. Es lo que llega después. Tu ausencia. Aún no he aprendido a convivir con ella, y eso que han pasado más de dos años. Pero nada ha cambiado. Todo sigue igual que el día que te fuiste. Esa fría y falsa armonía que flota a mi alrededor, adulterando la realidad, en la que finjo que todo continúa funcionando, pero ni de lejos es así. Mi mundo sigue convertido en cenizas. Tu nombre lo quemó.

     A veces dejo de escribir y me quedo en silencio, inmensamente quieto. Dejo entrar la calma que me rodea y espero que salga la lucha que me invade. Soy un tipo en conflicto consigo mismo. Suena más romántico de lo que es, una puta mierda. No se puede huir de los sentimientos. Lástima. Ya me habría mudado.

     La redención es para los que la desean, no para los que la necesitan. El problema es que no sé si la quiero. A veces pienso en ti sin querer escapar. Sé que eso no es bueno. Me dejo llevar. Veo tu sonrisa, tu mirada líquida y celeste, esa expresión que me seduce y me atrapa… y rindo lo que queda de mí, esperando, deseando, que todo se convierta en una realidad. Estás hecha del material del que están hechos los sueños. A pesar del tiempo, aún puedo oler el perfume a chocolate, y fresa de cuando entré por primera vez en tu mundo.

     Dice quién sabe de estas ciencias que tiendes a enamorarte de otra persona cuando esta colma el concepto que tiene uno de sí mismo, su autoconcepto. En mi caso, eso podría explicar varias cosas. Muchas veces, cuando miraba tus ojos me enfrentaba al abismo que sabía que había en mí y era una sensación de puro vértigo. Nunca me había sentido tan bien con nadie. Me provocabas una emoción tan extraordinariamente adictiva que lo demás era secundario. Estando contigo me daba igual que reventara el mundo. Cuando descubrí tus labios en aquella noche helada, en ese escenario, con las luces de la ciudad a nuestros pies, supe que para bien o mal, ya no había vuelta atrás. Ese fue el punto crítico que desencadenó lo que pasó después. En mis noches solitarias me he cuestionado qué hubiera pasado si esos labios extraordinariamente esponjosos y tiernos no se hubieran posado sobre los míos.

     ¿Habría sido todo diferente? Por supuesto. ¿Mejor? ¿Peor? Lo único que queda son preguntas. No hay respuestas. Sólo el eco vacío y sordo permanece conmigo. Lo que sé es que no estaría dentro de esta pesadilla ni hubiera vivido el sueño que viví contigo. ¡Qué distinto era el mundo cuando me hundía en tu carne y me aferraba a tu cuerpo encendido a través de caricias y deseo!

     Soy un producto de las circunstancias y el miedo. Alguien me aseguró que podría ser peor. ¿Qué demonios sabrán cómo me siento? Hay quien cura mejor las heridas en soledad. No es mi caso. Mi única compañía es este triste y envejecido ordenador, un símil de mi pequeña alma gastada.

     Siempre me gustó escribir, lo sabes. Desde muy pequeño. Es de las pocas cosas que suavizan mi carga y me permiten seguir viviendo. Ahuyenta tu fantasma durante un tiempo. Eso me ha permitido sacar todo el dolor que tenía dentro que me estaba consumiendo. Como un quiste enorme instalado en el pecho que va creciendo con el tiempo. Era como si me ahogase. Sentía que el corazón me iba a estallar en cualquier momento. Es lo que me ha salvado la vida y me ha permitido quedarme a este lado de la cordura.

     Me pregunto si alguna vez pensarás en mí. Ya sé que no me recordarás tanto ni tan intensamente como te recuerdo yo, pero no puedo evitar preguntarme si alguna vez, en algún momento de este día habrás pensado en mí. Tal vez al despertar, o al mirar alguna flor como aquellas que te hacía llegar, o quizá al acostarte, buscando con tu mano el tacto de mi piel como otras veces hiciste. Me pregunto si notarás mi ausencia, si alguna vez mirarás alguna de nuestras fotos o si leerás alguna de mis cartas, aquellas que te mandé en tus meses de forzado exilio, mientras mi vida se hundía entre la soledad y la tragedia. Me pregunto si alguna vez soñarás conmigo, en ese tiempo en el que fuimos felices y el mundo parecía más un aliado que un enemigo.

     No sé que me consume más, si tu recuerdo o las preguntas que me invaden. A veces deliro. Cierro los ojos y nos veo haciendo el amor. Me pregunto si no fuera a tener tu alma, si me conformaría con tu piel. No lo sé. Recuerdo el aroma que desprendía, el tímido sabor a sal de tu pecho o la calidez y suavidad de su tacto y el calor que desprendía. Ojalá tuviera una respuesta. No dejo de ver imágenes que me consumen y me matan. ¿Hasta cuándo durará esto?

    Escribo para escapar de esos recuerdos. Eso me permite enfrentarme a mis fantasmas. Tu recuerdo conoce mis debilidades y sabe donde hacerme daño. Estoy condenado a una lucha larga y dramática. Es el único camino para el olvido, si es que existe.

     Soy como un zombi, como un robot. Voy de casa al trabajo y del trabajo a casa. Nadie viene a verme ni voy a ver a nadie. Alguien me preguntó hace unos meses si tengo amigos. Es una buena pregunta. Tuve que pensar la respuesta. Primero tendría que definir lo que entiendo por “amigos”. Me he vuelto muy exigente, así que después de pensarlo unos segundos, sé la respuesta, aunque multiplico por tres o cuatro la que ofrecí. Tengo un par, a saber dónde. En algún lugar de Barcelona. Lo que me queda aquí son secundarios, personajes que pasaron por mi vida durante un tiempo con mayor o menor intensidad y por lo que fuera, no se quedaron. Cuando alguien no está cuando lo necesitas, yo no lo llamo amigo. Le va más conocido, secundario. En realidad, es lo que son. No hay que exagerar su valor. Me gustaría saber qué valor tengo para ti.

     Todo este tiempo consumido entre suspiros, entre imágenes y lamentos, ¿en qué me he convertido? ¿Quién era antes? ¿Quién soy ahora? No sé si busco respuestas o sólo restos, lo que queda de mí. Actúo erráticamente, no me doy cuenta. Bueno, a veces sí y no lo evito.

     Muchas noches en las que me despierto acosado por tu fantasma con nombre de mujer, enfundado en ese tentador vestido azul enciendo el ordenador y escribo. Otras, sea la hora que sea, la una o las dos de la mañana, cojo el coche y conduzco. Esta pasada semana me fui a las tres y pico de la mañana. Regresé que casi eran las seis. No me afecta la falta de sueño. Tal vez sea porque vivo en un falso sueño disfrazado de realidad. Alguien dijo que cuando no podemos dormir es porque estamos despiertos en el sueño de otro. Ojalá sea cierto. Ser el sueño que imaginas cuando cierras los ojos es casi mejor que ser real en esta vida.

     Mis padres están preocupados. Creen que estoy tomando alguna droga. Si yo tuviera un hijo que actúa así, también lo pensaría. Tengo una conducta de lo más extraña. Si fuera una brújula no sabría donde se encuentra el norte. Me encierro en mi habitación y escribo durante horas. A veces siento que escuchan tras la puerta, lo noto. Y cuando no escribo, duermo o estoy ausente, con la cabeza posada en una nube, justo allí donde se genera el rayo. Hay días que no cómo o tomo un par de yogures. Otros días, para compensar, devoro todo lo que pillo. He ganado casi catorce kilos.

     El amor es un veneno. Algunos recuerdos también. Estoy envenenado por tu recuerdo y tu encanto. Un veneno adictivo y destructor que quien lo prueba vuelve a por más a pesar de las consecuencias. A veces creo que hubiera sido mejor que hubiéramos terminado enfrentados porque así no me agarraría a una fantasía que nunca pasará de eso. Me cuesta olvidarte, y eso se debe a que siempre pensé que esta historia “estaba interrumpida, pero no acabada”. Me resisto a creer que esto haya llegado a su fin. Tu vestido azul no me engañó. Rodeaba a alguien especial.

     Mentiría si no reconociera lo mucho que he pensado en ti. En lo que te añoro. Me rompe pensar que después de ti no habrá nadie capaz de ocupar ese lugar que has dejado vacante en la inmensidad de mi alma ahora convertida en desierto y ceniza. Cierro los ojos, esté donde esté, haga lo que haga y todo vuelve a mi cabeza, como una avalancha imparable. A veces no necesito ni cerrarlos.

     Hace tiempo que tomo alcohol para evitar encontrarme contigo en mis sueños. Tomo la botella y bebo hasta que mi mente se queda en blanco y desconecta de la realidad. Es uno de los pocos momentos de luz que tengo en esta condena. Cuando despierto me duele la cabeza y hay días en los que me provoco el vómito. Me da igual y a los demás también. Es lo que tiene ser un desgraciado. No le importas a nadie, ni a ti mismo.

     Hace días que no aparezco por la ducha y huelo a perro muerto. Mi habitación es una leonera, reflejo de la piltrafa en que me he convertido. Soy un adicto a ti, un tributo a tu persona, a tu presencia, a tu recuerdo. No estoy preparado para enfrentarme a tu nombre y te llamo porque no sé estar sin ti aunque eso sea mi final. He tenido días en los que no sabía si quería escapar de esta condena o sólo intentaba dar pena para encontrar un poco de compasión. Fuera lo que fuera, no ha funcionado.

     Los sentimientos se miden por la fuerza de las ausencias, ahora lo sé. Tu lejanía se ha convertido en ese abrazo que ahoga el alma, que deja sin respiración, en lo más parecido a una condena sin muros ni barrotes que me soporten, sin ti sólo hay días infinitos sin luz.

     No dejan de perseguirme nuestros momentos íntimos. Me atrapan y me sacuden las mismas imágenes, aquellas en las que me besas exactamente como tú sabes, con tus labios repletos de saliva y calor, con el roce y el movimiento precisos para excitarme, en tu lengua salvaje explorando mis rincones. Mis dedos guardan la memoria de la curva tierna y prohibida de tus senos. Me enloquece pensar en el abismo infinito y oscuro de tus ojos, cuando recorría tus formas tentadoras y sensuales, en la frontera húmeda y caliente de tu cuerpo, cómo me la ofrecías y atrapabas mi sexo con tu ansia desbocada y me deslizaba suavemente dentro de ti, llenándonos con la esencia del otro…

     Me cuesta aceptar que todo esto ya pasó, que nunca más volverá, que ha sido un precioso sueño que se ha desvanecido en el aire, dejando tras de sí un alma cadavérica y renqueante, consumida por el recuerdo y la culpa. Ya no volveré a ser quien era. Ese a quien conociste se extinguió. Ahora soy otro. Menos alegre, pero más duro. Alguien nuevo, distinto. Ahora tengo un nuevo talento.

     Una vez leí que el corazón es un cazador solitario. Suena bien. Mi corazón es más bien un caníbal, un fugitivo que quiere escapar y curar sus heridas en soledad. Me aterra pensar en que este pensamiento furtivo sea una realidad que todavía no estoy preparado para asumir. Sería muy triste vivir sin sentir, sobre todo después de haber experimentado la sensación de plenitud que viví contigo.

     Estoy obsesionado. Lo sé. Una obsesión no tiene razones, por eso son obsesiones. Lo leí en un libro. Es lo único que hago: leer y escribir. En realidad, no leo. Devoro libros. El mes pasado leí cuatro. Uno por semana. Leo para no devorarme el alma, pero me temo que ya es muy tarde para eso. Puede que sea tarde para cualquier cosa que haga. Cuando no leo, escribo esto. Son como mis memorias. Mi legado.

     Soy como una máquina proyectando imágenes que se muestran en el ojo secreto de mi mente. Estoy enganchado a ese comportamiento. Mi alma agonizante no deja de ver tus ojos, tu sonrisa, la calidez de tu rostro y la fragilidad de tu cuerpo. Todo se muestra desenfocado y gris, reflejo de la vida que me espera.

     Hay días que te odio, maldigo tu recuerdo y me arrepiento de haberte conocido, de haberte besado y haberte amado. La amarga sensación de vacío que me dejaste sin pretenderlo lo ha eclipsado todo. Tu recuerdo menciona tu nombre una y otra vez. Sé que nunca volveré a ser quien era, porque me guste o no, me he roto. Tenía que romperme para hacerme de nuevo. De alguna forma sé que te pertenezco. No sé si todavía te quiero o sólo te añoro. En cualquier caso, mi corazón es demasiado pequeño para esto.

     Hace un tiempo hablaba con un conocido al que tengo cierto aprecio junto a un par de copas, en la terraza de un bar. Solíamos hablar de cosas vacías, que nos afectaban poco o nada. De pronto, como si tuviéramos un vínculo más fuerte del que yo consideraba, empezó a hablar de su vida, de sus hijos, y acabó soltando que se está separando de su mujer. Me quedé sin palabras, viendo como aquel hombre se desmoronaba. No concebía su vida sin su mujer. Ya la echaba de menos y todavía no se habían separado. Casi al mismo tiempo lamentaba lo mal que se había portado durante los últimos años. Cosas que ella no sabía.

     Suspiró y confesó que no sabía por qué me contaba todo aquello. En cierto modo, mucho de lo que dijo era muy similar a la carga que yo llevaba arrastrando durante tanto tiempo. Esa pesada losa que iba ahogando el corazón, sin que pudiera hacer gran cosa por evitarlo. Luego preguntó si sabía lo que era perder a la persona que más has amado y eso fue como un insulto. A pesar de que me llevara diez años, podía haberle escupido la verdad, pero no hubiera sido elegante, así que por cortesía, negué con la cabeza.

     Uno de mis mayores talentos radica en que sé escuchar. Me va mejor que abrir la boca. Así que durante casi dos horas, hasta la una de la madrugada, escuché los lamentos que salían del alma de aquel hombre, en el que no pude evitar verme reflejado. Un tipo derrotado consumido por el amor y la culpa. A pesar de que la relación que nos unía no era muy estrecha, ni nunca antes lo había sido, habló como si no tuviera a nadie más con quien hacerlo. En algún momento de la conversación incluso llegó a confesar que no sabía por qué hablaba conmigo de eso. Lo he pensado y creo que vio en mí el mismo dolor y alma condenada que él llevaba dentro y supo que le comprendería.

     Durante aquel rato en el que aquel hombre se sinceraba, confesaba sus pecados y aligeraba su alma oprimida, no he pensado en ti. Ni un segundo. Fue como un bálsamo, una ilusión. Pero duró lo que un chasquido de dedos. Eso me lleva a pensar que todos no somos tan diferentes por dentro como parecemos por fuera. Todos tenemos entrañas, un corazón, un sufrimiento y un anhelo que, de alguna forma, nos conecta unos con otros. Yo a eso le llamo Destino. Creo en esos hilos invisibles e infranqueables que nos unen y nos separan. ¿De qué otra forma podría ser? Hace poco leí en un libro que a veces encontramos nuestro destino en los caminos que tomamos para evitarlo. Todo está escrito. Todos estamos conectados. Todos tenemos un plan del que no conocemos los detalles.

     Sé que te hice daño. Hago daño a las personas que más quiero. No lo planeo. Soy así, un analfabeto emocional, un animal intentando ser social. Perdóname aunque ya no te importe. Estas líneas reclaman tu perdón. No se me ocurre otra manera de obtener la redención que tanto necesito. Estas palabras solicitan el indulto, pero creo que ni siquiera tú puedes concedérmelo.

     Escribo esta carta que nunca te enviaré para decirte algo: Voy a escapar de ti, de tu nombre, de tu recuerdo, de tu esencia y tu veneno. No puedo arrancar lo que me queda de ti, pero voy a liberarme de este sentimiento caníbal que me devora por dentro. Necesito evadirme, desligarme de tu recuerdo, y para eso necesito contar esta historia una última vez más antes de dejar que tu imagen se pierda bajo el lodo, en el fondo de la memoria. Voy a contarlo todo.

     Por fin he despertado de ese sueño en el que he estado sumido todo este tiempo, apartado de la realidad, viviendo en mi propio mundo en el que tu eras el eje que lo hacía posible. Pero eso ya se acabó. He perdido el miedo y encajado todas las piezas. Ahora sé que este éxodo de sombras, dolor y oscuridad que he sufrido era necesario. Era mucho lo que tenía que darte, un enorme cargamento de sentimientos y sueños que por desgracia se quedó ahí, suspendido en ninguna parte. Tenía que vaciarme de eso. Porque si permanecía lleno, nadie más podría entrar ni llenarme. Ahora lo sé. Es un ciclo nuevo, un aprendizaje secreto.

     He aprendido muchas cosas. Sobre mí, sobre ti, sobre el mundo que nos rodea, ese que vemos y el que no. Nada es casual. No existe la casualidad, ni la suerte. Todo obedece a un plan. Todos tenemos un plan y todos formamos parte de otro, mucho mayor y que implica a otras personas. Giramos en ese engranaje que es la vida tocando la existencia de los demás mientras otros tocan la nuestra. Todas las relaciones son recíprocas. Es otra de las cosas que he aprendido. Todo lo que tocas, te toca a ti. Nuestras palabras y actos, aunque no queramos influyen en otros y estos influyen en nosotros.

     Ahora sé que las palabras son como el cristal: Puedes verte reflejado en ellas o puedes cortarte con su filo. Da igual si salen de unos labios o si se les da forma con tinta. Buscan provocar una reacción. Pueden estrellarse contra tu piel o atravesarte el corazón, y cuando esto último sucede, muchas cosas cambian.

     Durante mucho tiempo creí que eras la luz que había llegado a mi vida, aquella que podía alumbrar mi oscuro e impenetrable vacío interior. He tardado, pero ahora sé que fuiste más bien como un espejo. Recogías la luz que había a nuestro alrededor, la canalizabas y la proyectabas, iluminando partes de mí que nunca antes habían conocido la luz. Por eso, después de ti, la oscuridad se hizo más densa. Pero te diré algo: Voy a recomponer mi alma fragmentada, aquella que dejaste atrás rota en mil pedazos. No necesito que proyectes más luz. Tomaré uno de mis pedazos, uno grande, y lo utilizaré como espejo. Tú me enseñaste.

     Entiendo que este período tenía que pasar. Por ti o por otra causa, pero todo este pasaje de oscuridad tenía que ocurrir. En esta hora, en este final es cuando comprendo todo lo que ha ocurrido y que era necesario para algo, todavía no sé para qué. Algún día ocurrirá algo que le dará sentido a esto.

     He comprendido que tarde o temprano, inevitablemente, en la vida, sea cual sea nuestro camino y nuestras circunstancias, estamos destinados a encontrar personas y situaciones que nos marcarán, que nos transformarán, que nos impedirán volver a ser quienes éramos. Ahora sé que de una pasión como la que vivimos y de alguien como tú no se regresa sin consecuencias. Mi corazón y mi memoria jamás me lo permitieron. Ya nunca volveré a ser el mismo. Soy más consciente de esas rarezas tan mías y eso te lo debo a tí. Me despojé de una parte de mí y la sustituí por pedazos de ti hechos de susurros e imágenes. Tal vez por eso no puedo olvidarte.

     Recuerdo la historia de aquel tipo que, con un futuro prometedor, se lesionó la rodilla y truncó su carrera. Lo que en principio pareció una desgracia que destrozó su vida durante años más tarde le llevó a otro terreno donde destacó y en el que encontró la estabilidad y la felicidad. No sólo eso, sino que además alargó su vida, ya que el autocar en el que posiblemente hubiera ido de haber continuado su carrera deportiva sufrió un aparatoso accidente en el que murieron todos los que estaban jugando a cartas, un juego del que era apasionado. ¿Tuvo suerte al romperse la rodilla o fue el Destino? Yo ya no aspiro a otra cosa que a ser feliz. A veces tenemos que aceptar que hay personas que se quedan en nuestro corazón aunque no se queden en nuestras vidas.

     Los dos hemos llegado al final de este viaje. Tu a tu manera y yo a la mía. Pero ambos sabemos que este no es ni el principio ni el final de esta historia.

     Cuídate. Sé que serás feliz.

                                                                           Septiembre, 1996

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