Martes 26th mayo 2020,

Curiosidades e Historia

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La peste negra

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La peste negra

Por Miguel Angel González

    

     Las notas que siguen recogen, en parte y para que se conozcan a pie de calle, las noticias que de la peor epidemia que sufrió en su dilatada historia la población ibicenca nos dejaron Macabich, Marí Cardona y, sobre todo, Enrique Fajarnés Tur en su ´Reseña histórico-científica de la epidemia de peste bubónica padecida en 1652´.

     Al margen de los estragos que a lo largo de siglos sufrió Ibiza por los ataques de sus invasores, el de los normandos el 859, el de la flota pisano catalana el 1114 y el de los conseñores Guillem de Montgrí, Nuño Sanz y Pedro de Portugal, que devolvieron las islas el 1235 a manos cristianas, los episodios más trágicos que vivió Ibiza tuvieron como causa las epidemias medievales y la peste bubónica de los años 1348, 1580, 1652 y 1682. La pandemia del siglo XVII fue la peor y provocó tal despoblación –murieron 523 vecinos de los 1.000 que habitaban Dalt Vila–, que el Gobernador, pasado el peligro, ordenó que 50 familias payesas se trasladaran a la Real Fuerza y que quienes quisieran vivir en la ciudad se ubicaran dentro de la fortaleza de forma obligada. La epidemia causó muertes en el resto de la isla, pero el hecho de que en Portmany solo se dieran 4 casos, creó la leyenda de un apestado que, huido de Vila, al intentar refugiarse en Sant Antoni, cayó fulminado en la raya del término que no consiguió cruzar.

     El origen de la enfermedad estaba en una bacteria, Yersinia pestis, que afectaba a las ratas y se transmitía por los parásitos que vivían en ellas, en especial las pulgas que, al picar a los humanos, les inoculaban el bacilo. Por un texto que aporta Marí Cardona, parece que a Ibiza llegó desde Mallorca: «Fue causa de la peste enviar un barco a Mallorca, sabiendo que allí la había y que murió mucha gente por haber recibido soldados de Barcelona sin que hiciesen la cuarentena y yendo algunos con los bubones abiertos». De hecho, aquella peste fue una pandemia que se extendió por todo el país como una mancha de aceite, llevándose por delante 60.000 víctimas en Sevilla, 22.000 en Valencia, 17.000 en Mallorca y casi 700 en Menorca. Enemigo invisible, letal y que parecía escoger sus víctimas al azar, la peste provocaba más miedo que la guerra. El hacinamiento y la insalubridad de los barrios humildes eran su mejor caldo de cultivo y en Ibiza el primer foco se dio intramuros a principios de junio, en las modestas viviendas que había junto al Portal Nou. En unos días, se expandió a toda la ciudadela y adquirió proporciones aterradoras. Los afectados sufrían náuseas, vómitos, dolores articulares y, en un estado febril, apático y exhausto, se les hinchaban como huevos de gallina los ganglios de ingles, axilas y cuello y el fracaso de una respiración agitada provocaba en la piel el color oscuro que anunciaba la muerte negra. Y poco se podía hacer. Se abrían los carbuncos para desaguar su podredumbre, se hacían fricciones con aceite, basilicón y trementina, se empleaba el alumbre, se daban estimulantes y caldos de gallina, se aplicaban calmantes y se hacían sangrías. Pero la gente siguió muriendo.

     Tras un primer momento de confusión en la Universitat, el gobernador, don Francisco de Miguel, exigió a los Jurats, amenazándoles si no cumplían, que adoptaran las medidas necesarias. Se habilitaron dos locales como enfermerías, se instaló un hospital de apestados para pobres en el convento de Jesús que ya habían abandonado los dominicos, la casa de don Antonio Fornou recogió a los apestados del brazo mayor y militar, se encomendó la dirección espiritual al confesor del Hospital mossèn Antoni Joan y al rector de la iglesia de Jesús R. P. Fr. Martín Riera, actuaron como médicos Gabriel Petró y Agustín Fornés, y como cirujanos Cosme Castelló, Gregorio Costa y Vicente Ferrer, era el farmacéutico Francisco Carreras, se sumaron dos barberos, Miguel Ferrer y Antonio Pineda como practicantes, y se contó con tres enfermeras y tres enfermeros. La Universitat compró siete esclavos moros para que quemaran las ropas de los fallecidos, chamuscaran sus cuerpos y los inhumaran, se improvisaron cementerios que llamaban ´carneros´ junto a la iglesia de Jesús y en el llamado Fossar de la Reina de los Molinos, se compraron dos burros para trasladar los cadáveres y un caballo para que los médicos pudieran desplazarse, se ordenó que se evacuaran, desinfectaran con cal y vinagre las casas con víctimas y que, una vez clausuradas, sus familias purgaran cuarentena en el lazareto de las cuevas del Pas Estret, se mantuvieron noche y día fogatas en las calles para purificar el aire, se situaron guardias en las puertas de la fortaleza para asegurar su aislamiento y se autorizó a los vecinos sanos que se fueran al campo, pero sin abandonar su finca sin autorización. «Huir pronto y volver tarde» era la voz que corría en Dalt Vila. A finales de junio, la peste estaba en su apogeo y ya habían fallecido, además de los dos médicos, el jurat en Cap don Antoni Palerm, el jurat 2º D. F. Roselló, el jurat de ma mitjana P. Santa María, el escribà de la taula de sal Mossen Josep Ferrer, el mostassaf F. Riambau, el hospitaler Antonio Pineda, el farmacéutico Francisco Carreras, el mayordomo del Hospital Antonio Trull, el forner major de la Universitat Pedro Catany y los oficiales flamencos de los buques ´S. Nicolás´, ´Estado´, ´San José´ y ´Rossa´, atracados en el puerto para cargar sal. Con impotencia y obligada resignación, la gente rezaba, se flagelaba y se entregaba a prácticas religiosas extremas y extravagantes porque atribuían la debacle a una oscura venganza divina. Así lo vemos en la carta que los Jurats remiten a Felipe V: «Señor, en el castigo que Dios inició a este pueblo por nuestros pecados, del contagio han muerto 711 personas…». El Rey, condolido, les permitió emplear el aceite que estaba por cuenta del Procurador Real de Mallorca, otorgó licencia para sacar del reino de Cerdeña 4.000 estareles de trigo y ordenó a los virreyes y ministros marítimos de la Corona que reabrieran el comercio con la isla. Poco después, los Jurats solicitaban a la Serenísima República de Génova que readmitiera los barcos ibicencos que hacían el comercio de la sal. Finalmente, el 8 de septiembre, retirada la Parca, tañeron todas las campanas de la ciudad y, en acción de gracias, se cantó un Te Deum en la Catedral.

               

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