Martes 21st noviembre 2017,

Curiosidades e Historia

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Un pequeño zoo en la ciudad

posted by Vicente
Un pequeño zoo en la ciudad

Por Miguel Angel González

     Cuando Gerald Durrell tituló dos de sus deliciosos libros ´Mi familia y otros animales´ y ´Bichos y demás parientes´, no insultaba a mamá Durrell ni a su hermano Larry, el inolvidable Lawrence del ´Cuarteto de Alejandría´. Lo que decía es que todos los animales y bichos que se encontraba y metía en su casa pasaban a formar parte de su familia en un insólito y doméstico zoo que le procuraba felicidad y, por supuesto, no pocos quebraderos de cabeza.

     La feliz relectura de la trilogía de Corfú que nos dejó Durrell me recuerda la variopinta fauna urbana que disfrutamos en la infancia envidiable de una Ibiza preturística, muy distinta de la que conocemos hoy. Repasar ahora todo aquel universo de insectos, aves, mamíferos, batracios y peces que nos rodeaban, no deja de causarnos asombro, posiblemente porque las nuevas formas de vida y el crecimiento de la ciudad provocaron una mutación irreversible y radical del paisaje físico y humano. La desecación de ses Feixes, la urbanización indiscriminada de la periferia de la ciudad que nos alejó del campo, el derribo de las barracas que eran el pósito de pescadores, la desaparición del matadero y de las cuadras que tenían los militares y la Benemérita, la sustitución de los carros por coches y motocicletas y la introducción de grandes barcos que dieron al traste con los motoveleros y los viejos vapores de la ´Tras´ que embarcaban las caballerías enfajadas con redes, todo ello, hizo que, en las últimas décadas del siglo pasado, Vila dejara de ser, como había sido, arcádica, rural y marinera. Porque conviene recordarlo, la Ibiza de nuestra infancia mantenía cierto aire de pueblo grande, rústico y aldeano. Ahora sabemos que entonces estábamos naturalmente más cerca del mar y la tierra.

     ¿Bichos y animales en la ciudad? Pues sí. Y no pocos. Perros, gatos, murciélagos, gorriones, estorninos, jilgueros, canarios, palomas, gaviotas, lechuzas, caballos y yeguas, mulas y mulos, algunos asnos, escarabajos, arañas, hormigas, ratas, ranas, cerdos, gallos y gallinas, algunas cabras y conejos, lagartijas, dragones, saltamontes, anguilas que conseguíamos en las acequias de ses Feixes, cangrejos y pulpos que atrapábamos en el rompeolas, y peces –esparralls, mabres, llisses, salpes, sargs, orades, cabots, etc– que con pasta de harina y alacha machacada pescábamos con caña en los muelles. Además de las variopintas capturas que las barcas de bou y llaüts desembarcaban todas las mañanas, rayas que parecían aviones, escualos como el gató y el gatvaire con una piel que parecía de lija y tortugas bobas que enseguida dejamos de ver porque se prohibió su pesca. Dicho esto, hablar de fauna urbana no parece exagerado. Aunque, eso sí, cada especie tenía su nicho.

     Los gatos abundaban en Dalt Vila y sa Penya. Los perros callejeaban a su aire aunque los funcionarios de la perrera municipal los cazaban a lazo. El alcantarillado era una ruina, en los agostos olía a demonios y era el paraíso de unas ratas como conejos que zascandileaban junto a los portales buscando basuras.

     Con más ratas que vecinos, suerte teníamos de los aguaceros que las sacaban por las cloacas, ahogadas y con las barrigas hinchadas, a las aguas del puerto. En su querencia por las cocinas, las cucarachas tenían la condición de domésticas y resultaban tan comunes que las pisábamos sin querer con un inequívoco chasquido en las aceras. Tenían mala prensa, pero no eran feas con sus largas antenas y su lustrosa queratina asalmonada. Recuerdo que, cuando trabajaba en Iberia, se presentó una señora mayor, inglesa, peripuesta, que me destapó sobre el mostrador una caja de zapatos en la que traía dos hermosas cucarachas. Quería dos billetes para volar a Barcelona y aprovechó para preguntarme si sabía qué podía darles de comer. Mis compañeras de trabajo, Fina, Francisca, Lina y Elena, se levantaron como catapultadas de sus sillas.

Ranas

     Y cuando éramos alumnos de don Ernesto en la escuela que estaba junto al gallinero del Pereira, cazábamos ranas en los estanques del Parque y las soltábamos en clase para romper la monotonía.

     También las telas de araña nos interesaban. A veces, atrapábamos una mosca viva y la colocábamos en el extremo de la tela para ver cómo acudía la araña y se la llevaba al centro geográfico de su reino. Y no nos entretenían menos las hormigas, muy abundantes entonces porque las calles eran todavía de tierra.

     Las había diminutas y otras enormes, de cabeza colorada, que alargaban hasta tres calles sus disciplinadas formaciones. Y en los sillares de las murallas cazábamos lagartijas. En un terrario dejé dos, una grande y otra pequeña, pero me olvidé de ponerles comida y al día siguiente de la pequeña sólo quedaba un mínimo fragmento de su cola. Con las mascotas no tuve suerte. Me vi obligado a soltar un erizo porque olía a demonios y sólo se desovillaba si le dejaba un platillo con leche junto a sus narices.

     Y tuve un tercer fracaso con dos cobayas que se zampó el podenco de un vecino que les tenía querencia.

     Siguiendo, en fin, con los animales urbanos, recuerdo que había cochineras en el carrer de sa Pedrera, aunque para ver cerdos bastaba acudir a los muelles porque los embarcaban en los veleros con destino a Valencia o Barcelona. Y frente a las chacinerías de ca na Clara y ca na Joana Fèlix, las matanzas se hacían en las aceras, en plena calle. Y luego estaba el asnillo de Jorge Negrete, personaje que recogía basuras en la Penya. Y las acémilas que llegaban con carros al Mercado para proveerlo de verduras y frutas. Y las caballerías que tenían los militares junto al baluarte de San Juan y la Benemérita en las cuadras de Azara, amén de las vacas que veíamos sacrificar en el Matadero con un golpe de puñal en el testuz. Y así podríamos seguir describiendo la variopinta fauna urbana de nuestra ciudad. En los balcones abundaban las jaulas de gallos y gallinas.

     Sabíamos que se acercaban las Navidades porque aumentaban los quiquiriquíes que eran una murga porque se anticipaban al despertador. En este punto no consigo olvidar la Nochebuena en que decapitamos un gallo que salió corriendo descabezado y que, con el cuello bamboleante, llenó de goterones las paredes del comedor.

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